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Opinión: Los Rolling Stones no se murieron

Dicen que el rock murió. Lo repiten como consigna generacional, como si enterrar el pasado fuera requisito para sentirse nuevos. Los Rolling Stones no responden a eso con discursos. Responden con un disco. Foreign Tongues no intenta revivir nada. Demuestra que nunca se fue.

El arranque es un blues pesado, sin maquillaje. No hay introducción amable ni guiño nostálgico. Hay músculo. En el segundo track ya está todo dicho: esto es sonido Stones, reconocible, directo, sin pedir permiso. No suenan como una banda que se repite. Suenan como una banda que domina su lenguaje.

    Mick Jagger sigue cantando con autoridad. A estas alturas, eso no es menor. No es solo que la voz se conserve; es que sigue sabiendo dónde entrar, cómo frasear, cuándo empujar. No hay caricatura. Hay intención. Las guitarras hacen lo suyo: Keith Richards y Ronnie Wood siguen funcionando como un sistema nervioso compartido. No necesitan exhibirse. Tocan y basta.

    Andrew Watt entiende eso. Su producción no estorba. Ordena. Mantiene el disco compacto, cercano, sin exceso. Hay una lógica de banda tocando, no de producto ensamblado. La historia de su llegada —una recomendación de Paul McCartney, una llamada que parecía broma, una reunión— explica algo importante: aquí no hay cálculo frío. Hay conexión. Y se nota en la forma en que el disco respira, en cómo deja aire entre la aspereza y el detalle.

    El álbum está bien secuenciado. Abre con golpe, se mueve, cambia de tono y no se rompe. “Ringing Hollow” introduce un aire country que equilibra el conjunto. Le da espacio al disco. Las guitarras respiran distinto. Eso evita que todo se vuelva plano. También recuerda que los Stones siempre han sabido salir del blues sin abandonar su centro. Keith Richards y Ronnie Wood siguen funcionando ahí como una sola criatura de dos cabezas: uno abre la grieta, el otro la ensancha.

    Luego está “Never Wanna Lose You”. Disco. Sí. Y funciona. El bajo empuja, el groove se instala y las guitarras se acomodan sin estorbar. Jagger entra con una ligereza calculada. No hay concesión. Hay control. Los Stones siempre han entendido algo que otras bandas olvidaron: el ritmo también es cuerpo. Aquí la canción no rompe el álbum, lo abre. Le da aire, lo sacude, lo mueve hacia otra zona sin deshacer su identidad.

    “Some Of Us” baja la velocidad. Richards toma la voz y la canción se vuelve otra cosa. Más íntima, más frágil, más directa. Viene de una idea vieja, de los años ochenta, y aquí encuentra su forma definitiva. No suena reciclada. Suena resuelta. Tiene ese peso de canción encontrada tarde pero encontrada bien. Y eso importa porque le da al disco una dimensión emocional que no depende del volumen sino de la verdad de la interpretación.

    El cover de Amy Winehouse podría haber sido un error. No lo es. “You Know I’m No Good” tiene peso propio desde Back to Black, con la producción de Mark Ronson y una identidad muy marcada. Los Stones no la compiten. La traducen. Guitarras, armónica, una aspereza distinta. Funciona porque no la imitan. La canción entra al universo Stones sin perder el centro de Amy. Eso no es menor. Convertir un tema tan cargado en algo propio sin vaciarlo exige más oficio que talento.

    El disco también tiene una línea de fondo: desgaste, permanencia, desconfianza. No hay ingenuidad. Tampoco hay cinismo fácil. Hay una banda que ya vio demasiado como para fingir sorpresa. Eso le da peso sin volverlo solemne. Hay una conciencia adulta en la forma de cantar, en la forma de tocar y en la forma de ordenar el álbum. Foreign Tongues no está hecho para sonar monumental; está hecho para sonar vivo. Y ese matiz lo cambia todo.

    Comparado con su trabajo anterior, este disco está mejor armado. Más compacto. Más claro. Más seguro. No hay dispersión evidente. No hay sensación de obligación. Hay control. Lo que aquí se escucha no es una banda aferrada a una fórmula, sino una banda que todavía sabe ajustar sus recursos sin perder el colmillo. Esa clase de madurez suele ser rara en un grupo histórico. Aquí aparece sin solemnidad.

    Y luego está “Covered In You”. Probablemente la mejor carta del álbum. Suena actual, limpia, presente. Pero también suena Stones de inmediato. Ahí está la clave: no parecer otro para sonar nuevo. Sonar como siempre, pero mejor colocado en el ahora. Esa es la clase de modernidad que sí importa, porque no depende del disfraz, sino de la forma de tocar, cantar y respirar dentro de la canción.

    El punto es simple. Los Rolling Stones no están sobreviviendo. Están funcionando. No necesitan reinventarse. Necesitan tocar bien. Aquí lo hacen. Y lo hacen con algo que muchas bandas nuevas no consiguen: peso, naturalidad y una identidad que no se negocia.

    En tiempos en que el rock suele anunciar su propia muerte por inercia, Foreign Tongues recuerda que la vigencia no siempre viene de la novedad. A veces viene de tocar con convicción, de saber elegir un productor que no aplaste la banda, de meter una canción disco sin perder el centro, de cantar con una voz que aún manda, de tocar guitarras que todavía conversan y de cerrar con una pieza que suena a presente sin pedir permiso.

    El rock no murió. Solo dejó de sonar así en la mayoría de los lugares. Los Stones siguen ahí para desmentirlo.

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