Por Rocío Muñoz-Ledo y Verónica Calderón, CNN en Español
Los teléfonos comenzaron a vibrar sin descanso en Guadalajara el domingo 22 de febrero. En grupos de WhatsApp y chats familiares se mezclaban datos confirmados, rumores y miedo, acompañados de advertencias: “No salgan”, “Hay bloqueos”, “Están quemando coches”. Fotos de vehículos ardiendo y avisos sobre carreteras cerradas se propagaban con rapidez. Nadie sabía con certeza qué estaba ocurriendo, pero todos intuían que era grave.
Horas más tarde, la Secretaría de la Defensa de México confirmó la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, el poderoso líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Según las autoridades, el capo murió mientras era trasladado en helicóptero tras un operativo militar realizado en Tapalpa, Jalisco, un pueblo ubicado a unos 120 km al suroeste de Guadalajara, en una zona montañosa que había servido al capo más buscado del país de refugio y escondite por su difícil acceso.
Ha pasado más de una semana desde entonces, el tráfico volvió a la normalidad, las oficinas reabrieron y los estudiantes regresaron a clases. La ciudad mexicana que en unos meses será sede del Mundial recuperó, en apariencia, su ritmo habitual. Sin embargo, el miedo que se instaló tras la caída del Mencho no se ha disipado.
Para muchos, la violencia del domingo, que causó estragos en 20 estados del país, no fue solo una reacción inmediata al operativo militar que terminó con la muerte del líder del violento cartel—y que, según las autoridades, dejó 25 militares fallecidos—, sino una advertencia de lo que podría venir: reacomodos internos, disputas por el control y una nueva ola de violencia.
José Luis Tapia, un propietario de un Airbnb en Guadalajara, cuenta a CNN que el domingo del operativo la primera persona que le avisó que algo había ocurrido era una de sus huéspedes, una turista alemana, que le dijo que había visto algunos reportes de violencia. “Pensé que había bloqueos, pero afuera de la ciudad”, señala.
“Bloqueos” es la palabra que muchos mexicanos (y visitantes en México) usan para referirse al cierre de avenidas por parte de hombres armados que se identifican como miembros del crimen organizado. A veces implica el incendio de vehículos. “Familias que les quitan el coche y salen corriendo, porque si no lo hacen, los matan”, explica Tapia.
Lo que Tapia percibió como algo lejano en realidad era parte de un estallido de violencia a gran escala: las autoridades registraron al menos 65 bloqueos en todo Jalisco, uno de los principales bastiones donde opera el CJNG, durante la jornada de caos que se desató después de que los integrantes del cartel reaccionaran a la muerte de su líder.
Comercios como las tiendas Oxxo, una cadena de tiendas de conveniencia que se encuentran en todo el país, fueron blanco de ataque de los operadores del CJNG que salieron a las calles. Afuera de una de ellas, Tapia vio cómo una persona pegó un letrero improvisado en el que ofrecía comida para quien lo necesitara. Soluciones de emergencia para una situación inédita.
Tapia llegó a Guadalajara en 2018 proveniente de la Ciudad de México. “En marzo cumplo ocho años aquí y en la Ciudad de México no recuerdo haber vivido tanto miedo”, afirmó. Durante años, cuando recién se había mudado, dice que las referencias al narco eran constantes. “Muchas personas tienen una historia, a mí me contaban, ‘mira, aquí vivía Caro Quintero’, o alguien más cuyo vecino era Miguel Ángel Félix Gallardo, anécdotas que pueden sonar increíbles, pero son reales”.
Para él, la jornada de ese domingo marcó un antes y un después. Tapia dice que aun cuando en Guadalajara la violencia se ha vuelto en algo cotidiano, los sucesos del domingo pasado superan lo que la sociedad tapatía ha vivido en estos años. “Todos sentíamos que en un momento esto iba a explotar”, cuenta. “Y explotó”.
Entre quienes viven hoy en Guadalajara hay algunos que llegaron huyendo de lugares donde la violencia no les dejó otra opción. B. G., una comerciante que pidió el anonimato por razones de seguridad, se mudó a Guadalajara de Reynosa, una ciudad fronteriza en Tamaulipas, en el norte de México, en busca de un refugio para su familia.
“La situación comenzó en 2008-2009”, recuerda, pero decidió irse cuando se enteró de que uno de los amigos de su hijo en la guardería era el hijo de un presunto miembro de la delincuencia organizada. “Reynosa es muy pequeño, ahí todos se conocen a todos”, explica.
Llegó a Guadalajara en 2019. Ella, su esposo y su hijo son tres de los cerca de 210.000 desplazados por la violencia interna en México entre 2015 y 2020, según datos reunidos por la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR, en inglés).
¿Por qué Guadalajara? “Me enamoré de la ciudad desde el primer momento”, recuerda. La comparación con la ciudad donde creció es inevitable. Ahí, cuenta B.G., la sensación de desamparo es demasiado grande.
“En Reynosa, la rutina antes de salir es revisar las páginas de Facebook donde avisan de las balaceras”, dice. “Así como revisar el clima, antes de salir ya uno sabe por qué avenida no se debe pasar”.
B.G. no minimiza lo que pasó en Guadalajara el domingo. “Lo que hicimos fue encerrarnos y encender una vela”, señala. “Yo soy una persona espiritual”. Aunque el miedo los obligó a B.G. y a su familia a quedarse en casa, encontró gestos de solidaridad entre sus vecinos el día de los bloqueos y también después de eso.
“Mucha gente se organizó para avisar si tenía un espacio extra en su casa para guardar un coche o comida de más”, recuerda. Dice que esos pequeños actos de solidaridad le dan esperanza por el futuro.
En toda la conversación su tono es abierto y alegre. La única vez que se le quiebra la voz es cuando habla de su hijo. “Yo vine acá para ofrecerle lo mejor, él sabe que tiene unos papás que lo apoyarán en todo, y yo estoy dispuesta a hacer lo que sea por defenderlo. Por eso vinimos aquí”.
El estallido de violencia que vivió México ese domingo mostró el alcance que tiene el CJNG en el país: barricadas de autos en llamas y bloqueos carreteros afectaron 20 de los 32 estados que componen el país. El aeropuerto de Guadalajara detuvo sus operaciones y decenas de vuelos fueron cancelados.
Además, la violencia no se limitó a zonas rurales, llegó a destinos turísticos como Puerto Vallarta o Cancún y afectó a ciudades como Guadalajara, que será sede de varios partidos del Mundial de fútbol este verano.
“Lo más impactante es que todos estos lugares, donde se quemaron autos y autobuses y se bloquearon carreteras, funcionan como una radiografía que evidencia la presencia del Cartel Jalisco Nueva Generación”, dijo a CNN Catalina Pérez Correa, profesora mexicana de derecho especializada en crimen organizado.
La violencia, según Pérez Correa, dejó claro que estas redes criminales ya no operan solo en unas pocas regiones: están en todo el país.
Las autoridades insisten en que la situación está bajo control en las zonas que más caos vieron el día en que cayó el Mencho. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, quien ha adoptado una postura más dura frente al narcotráfico, bajo la presión del Gobierno de Donald Trump, aseguró que “la paz, la seguridad y la normalidad se mantienen” en el país. Mientras que el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, dijo que el centro de mando estaría atento “cualquier tipo de reacción que haya o de reestructuración dentro del cartel” y trabajaría para reforzar la zona.
La selección de México jugará en Guadalajara uno de sus partidos y la ciudad también recibirá a las selecciones de Corea del Sur, Colombia, Uruguay, España y a otros dos equipos que aún no se definen en el repechaje. Por ello, autoridades estatales esperan la llegada de cerca de 3 millones de turistas durante esas semanas.
La violencia, inevitablemente, generó dudas sobre si Guadalajara estaba lista para continuar como sede del certamen, cuestionamientos que ya existían desde que México fue designado coanfitrión.
De vuelta en la capital de Jalisco, Tapia coincide en que lo ocurrido ese domingo en la ciudad donde vive expuso la cruda realidad de la violencia que golpea a México.
“Ya se pasó una barrera, y deja expuesta una realidad que muchos no queríamos ver. Esto ya es intolerable. Se invierte más en cosas cosméticas que en cosas de fondo. ¿Cómo es posible que tengamos gobernantes más preocupados por el Mundial que por sus gobernados?”.
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Con información de Mary Beth Sheridan, Gonzalo Zegarra y Sol Amaya
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