Perdidos en el mar: las vacaciones de buceo que salieron terriblemente mal ...Middle East

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Perdidos en el mar: las vacaciones de buceo que salieron terriblemente mal

Por Francesca Street, CNN

Alexandra Alves Gaspar estaba buceando en aguas profundas, maravillándose ante una pared de arrecife vertical en el mar Rojo, poblada de coloridos corales y una vibrante vida marina.

    Acto seguido, una fuerte corriente la arrastró repentinamente junto con su grupo de buceadores.

    “Nos arrastró la corriente en siete u ocho minutos”, declaró Alexandra a CNN Travel. “Una corriente tan fuerte que nos pilló por sorpresa”.

    Era agosto de 2004. Alexandra, una abogada de 29 años que estaba de vacaciones con amigos íntimos de su Portugal natal, era una apasionada del buceo. Y se suponía que este sería el viaje de su vida.

    Cuando la corriente comenzó a sentirse con fuerza, ni Alexandra ni sus amigas entraron en pánico de inmediato. Permanecieron un rato más bajo el agua antes de dirigirse a la superficie.

    “Abortamos la inmersión y salimos a la superficie”, recuerda. “Pero fue entonces cuando vi el barco, diminuto, casi como un juguete, a lo lejos. Ya estábamos a más de una milla [1,61 km] de distancia”.

    Y así comenzó lo que Alexandra denomina una “prueba de supervivencia de 13 horas”.

    Alexandra se había enamorado del buceo unos años antes. Le encantaba la sensación de estar bajo el agua: la sensación de aventura, libertad y tranquilidad.

    “La sensación de ausencia de gravedad es como volar”, dice.

    Pronto, Alexandra, quien residía en Lisboa y trabajaba en un banco, empezó a planificar todas sus vacaciones en torno al buceo. Esa pasión la llevó a reservar un lujoso crucero de buceo llamado Oyster, operado por una compañía turística local, en el mar Rojo.

    El Oyster navegó durante 10 horas para llegar a las aguas que rodean las islas El Ikhwa, también conocidas como islas Al-Akhawayn o islas de los Hermanos, frente a la costa de Egipto. Famosas por sus espectaculares condiciones para el buceo, sus tiburones y sus naufragios, estas islas volcánicas también son conocidas por sus corrientes impredecibles.

    “Si te gustan el océano y el buceo, es una experiencia fantástica”, comenta Alexandra sobre su estancia en el Oyster. Ella y sus amigos comieron y durmieron en el barco, entre exploraciones diarias bajo el agua. “Es más fácil acceder a los mejores puntos de buceo. Este viaje al mar Rojo fue mi primera experiencia viviendo en un barco. Fue un viaje de ensueño”.

    Los primeros días fueron maravillosos. El tercero fue cuando las cosas se torcieron.

    Los pasajeros desembarcaron del Oyster y subieron a dos embarcaciones semirrígidas más pequeñas para llegar al lugar de buceo.

    “Ese día hacía viento y el mar estaba bastante agitado”, recuerda Alexandra.

    Una vez en la inmensidad azul del agua, Alexandra se concentró en el caleidoscopio de corales, hasta que el instructor de buceo golpeó su tanque de aire para llamar la atención del grupo. Señalaba lo que parecía ser un tiburón más adelante. Y entonces las cosas empezaron a complicarse.

    “Nos alejamos del muro para verlo, pero la corriente era extremadamente fuerte y nos arrastró”, dice.

    El grupo perdió de vista la pared de coral. Cuando emergieron a la superficie, se enfrentaron a la escalofriante realidad de lo lejos que se habían ido.

    El grupo que quedó varado estaba conformado por Alexandra, sus cuatro amigos portugueses, cinco buceadores británicos y una pareja belga.

    Al principio, el grupo de 12 personas estaba unido en su objetivo de ser rescatados, intentando llamar la atención de los barcos que pasaban.

    “Ahora, cuando buceas en lugares remotos como el mar Rojo, llevas un GPS incorporado”, explica Alexandra.

    Pero en 2004, la tecnología de rastreo era limitada. Los buzos sabían que la tripulación del barco tardaría en darse cuenta de su desaparición y en organizar una misión de búsqueda y rescate.

    Al darse cuenta de que se alejaban cada vez más de su punto de partida, el grupo se quitó los lastres de plomo de sus cinturones y se ataron en círculo, utilizando flotadores inflables para mantenerse a flote.

    Se concentraron en el horizonte, intentando desesperadamente divisar algún barco que pudiera salvarlos.

    “Estábamos gritando, estábamos totalmente concentrados en ver barcos”, recuerda Alexandra.

    Pero con el paso del tiempo, este esfuerzo energético se sentía cada vez más inútil. Las emociones iban y venían.

    Con la esperanza de capturar imágenes de la vida marina, varios buceadores habían llevado cámaras. “Uno de los buceadores británicos, después de unas horas, dijo: ‘Debería grabar esto. Porque no vamos a sobrevivir, pero al menos alguien podría encontrar la cámara’”, recuerda Alexandra.

    Cuando pronunció esas palabras, algunos de los buceadores empezaron a entrar en pánico. Alexandra rompió a llorar.

    Otros disiparon el miedo con humor. “A mi izquierda estaba mi amiga portuguesa”, recuerda Alexandra. “A mi derecha había un británico, y los británicos tienen un sentido del humor increíble. Recuerdo que eran alrededor de las cinco o las seis, y uno de nosotros estaba hablando de lo que uno lamenta en la vida, de lo que aún quiere hacer con ella… Y dijo: ‘Lo único que lamento ahora mismo es haberme perdido mi momento de gin-tonic’”.

    Momentos de profunda conexión también lograron atravesar el terror. Otro buzo británico le pidió a su pareja que se casaran si sobrevivían. La respuesta fue un sí entusiasta.

    Con el paso de las horas, el sonido de los aviones sobrevolando la zona despertaba esperanzas, pero luego ofrecía aplastantes recordatorios de su invisibilidad.

    “En el océano, en medio de la nada, con olas y viento, es imposible ver”, dice Alexandra.

    Cuando el sol desapareció, también lo hizo la esperanza de Alexandra, aunque siguió impresionada por la belleza de la noche despejada que siguió.

    “Vi un cielo estrellado increíble sobre mí, lleno de estrellas. Fue una noche preciosa. Una puesta de sol preciosa”, recuerda Alexandra. “Pero créeme, pensé que sería la última que vería”.

    Al caer la noche, los buceadores abandonaron sus conversaciones y canciones para levantar la moral, guardando silencio para conservar energías. Pasaron de formar un círculo a una formación en forma de V.

    “Flotamos durante horas, hablando muy poco”, recuerda Alexandra. “Lo más difícil fue el agotamiento y la certeza —tranquila, pero absoluta— de que probablemente esto terminaría mal”.

    Las quemaduras solares por las horas bajo el sol abrasador, la deshidratación y el cansancio empezaron a hacerse notar. También invadió el temor latente ante lo que pudiera acechar en las oscuras aguas que se extendían bajo ellos.

    “Inflamos nuestros chalecos para estar en la superficie, pero las piernas siguen suspendidas bajo el agua y podrías ser atacado”, dice Alexandra. “Te imaginas muchas cosas”.

    Hoy, el recuerdo que Alexandra tiene de los momentos más oscuros es vago, un mecanismo de protección, según ella cree.

    “Creo que es mi memoria, o mi imaginación, la que lo cubre con una hermosa capa para eliminar el estrés”, dice. “Porque, claro, tenía mucho miedo, estaba estresada. Lloré mucho durante esas horas… Fue una mezcla de pánico, estrés y paciencia”.

    Tras horas en completa oscuridad, Alexandra divisó lo que parecían ser luces parpadeando indistintamente en el horizonte.

    Se giró hacia uno de sus amigos para confirmar que no se los estaba imaginando. “Le dije: ‘¿Puedes ver las luces? Veo una luz roja, una amarilla, una azul…’. Y él me respondió: ‘Sí, veo una luz’. Estaba muy lejos”.

    Dos buceadores sacaron pequeñas linternas y comenzaron a hacer señales con destellos de luz brillante hacia el horizonte.

    “Tres clics cortos, tres clics largos: el código SOS”, explica Alexandra.

    A lo lejos, una embarcación devolvió la señal, seguida de un fuerte sonido de su bocina.

    La embarcación formaba parte de un amplio operativo que llevaba horas buscando a los buceadores desaparecidos.

    “En la búsqueda participaron numerosos barcos y se envió una alerta a toda la zona circundante del mar Rojo”, explica Alexandra. “Pero el rescate pareció un milagro”.

    También fue caótico y surrealista.

    “Me estaban empujando fuera del agua y lloraban”, cuenta Alexandra sobre sus rescatistas. “Dos de ellos hablaban un poco de inglés y decían: ‘Alá, los delfines’. Lloraban, estaban muy contentos”.

    Todos los buzos fueron rescatados, subidos a botes y envueltos en mantas. Los informes del momento sugieren que buques de la Armada egipcia y otras embarcaciones de buceo desempeñaron un papel clave, pero Alexandra atribuye el rescate a los pescadores locales.

    “El capitán dijo que escuchó por la radio que faltaban algunos buzos en ese lugar”, cuenta ella. “Estaba pescando cerca de allí. Era el tipo de hombre que se guía por las estrellas, no usa instrumentos: ni brújula, ni nada”.

    “Así que, guiado por su instinto o intuición, simplemente apagó el motor y dejó que la corriente arrastrara el barco… Después, los pescadores nos contaron, muy emocionados, que habían aparecido delfines alrededor de la proa de su embarcación, comportándose como si intentaran llamar su atención y guiarlos en una dirección concreta, hacia donde finalmente nos encontraron”.

    Habían sido rescatados a kilómetros de distancia del lugar donde había comenzado su inmersión.

    “Por supuesto, no puedo confirmar que eso es lo que hacían los delfines”, dice Alexandra. “Solo sé lo que nos contaron los pescadores. Pero la historia se me quedó grabada desde entonces”.

    Alexandra dice que el grupo tardó unas horas en llegar al Oyster.

    “Recuerdo haber hablado con mis padres por teléfono satelital unas horas después, y luego recuerdo haber ido al médico, porque tenía toda la cara quemada, y cuando digo quemada, me refiero a quemada gravemente”, dice Alexandra.

    “Estábamos muy deshidratados, pero todos estábamos bien, todos estábamos sanos y en buen estado”.

    Mientras el médico le trataba la quemadura solar, el principal pensamiento de Alexandra era: “Quiero volver a bucear”.

    Puede que suene extraño, teniendo en cuenta todo lo que acababa de sufrir. Pero Alexandra estaba ansiosa por volver a las profundidades del mar.

    “Pensé: ‘Quiero volver a bucear, porque si no lo hago, no volveré a bucear jamás’”, cuenta. “Quedas traumatizada. Pero no me culpé a mí misma, ni al grupo, ni al buceo en sí, sino a las circunstancias… La corriente era muy muy fuerte. El viento era muy muy fuerte”.

    Al grupo se le ofreció la opción de regresar a casa de inmediato, pero votaron unánimemente por continuar sus vacaciones. Durante el resto del viaje y el trayecto de regreso a Portugal, Alexandra permaneció en un estado de alivio casi eufórico.

    “Recuerdo la primera comida, fue magnífica”, dice. “Estaba tan feliz de haber sido rescatada, de estar viva. Estaba tan feliz y me sentía tan afortunada… Sentía que era intocable. Nada me puede pasar. Ya nada me puede pasar”.

    Le impresionaba la belleza en todas partes. Incluso cuando los buzos fueron llamados a declarar ante el jefe de la Gobernación del mar Rojo de Egipto como parte de la investigación oficial del incidente, el ánimo de Alexandra no decayó.

    Al aterrizar de nuevo en Portugal, el aeropuerto estaba repleto de periodistas. Se enteró de que su historia había tenido repercusión internacional y había despertado gran interés mundial. Alexandra afirma que muchos de los primeros informes de los medios eran inexactos; algunos incluso aseguraban que habían estado perdidos durante 48 horas o rodeados de tiburones.

    La repentina atención mediática fue abrumadora, al igual que las emociones contradictorias —gratitud, ira, confusión y ansiedad— que sintió posteriormente. La terapia la ayudó a sobrellevarlo.

    “Recuerdo haber soñado con ello durante casi dos años, de una forma muy desagradable, como pesadillas”, dice Alexandra sobre el incidente. “Pero fui a terapia, y recuerdo que el psiquiatra me dijo que se trataba del trauma que estaban procesando. El estrés postraumático de un suceso así se manifiesta de alguna manera en forma de pesadillas; es la forma en que nuestros mecanismos internos pueden afrontarlo”.

    Con el tiempo, Alexandra perdió el contacto con sus amigos buceadores, pero supo que la pareja que había prometido casarse cumplió su promesa, lo cual la hizo sonreír.

    Si bien Alexandra retomó el buceo poco después del incidente, decidida a no dejar que el accidente cambiara su forma de sentir respecto a su pasatiempo favorito, tardó más tiempo en regresar al mar Rojo.

    Pero en 2024, Alexandra se encontró en las mismas aguas donde había luchado por su vida 20 años antes.

    En cuanto Alexandra descendió a las profundidades, se vio rodeada por una manada de delfines. No podía creerlo.

    “No es broma”, dice Alexandra.

    Contuvo las lágrimas al pensar en los delfines que, según ella, desempeñaron un papel importante en su rescate, más de dos décadas atrás.

    “Estuvieron jugando a mi lado durante más de 45 minutos”, dice Alexandra. “Lo veo y pienso: ‘Si esto no es un milagro, no sé qué lo es’. Nadé con los delfines y dije: ‘Veinte años después, esta historia está cerrada’”.

    Hoy en día, Alexandra se siente tranquila gracias a las mejoras en las medidas de seguridad para el buceo y a los avances tecnológicos, incluida la posibilidad de bucear con un rastreador GPS y un teléfono inteligente.

    Pero sigue siendo muy consciente de la imprevisibilidad de la naturaleza y de que los accidentes pueden ocurrir.

    “Cuando estás a la intemperie, no tienes el control”, afirma. “En el océano, no controlas las corrientes. Incluso si eres un buceador o marinero experimentado, conoces las corrientes y el viento, pero no los controlas. Y pueden ocurrir accidentes”.

    A pesar del riesgo, Alexandra afirma que hoy en día alrededor del 75% de sus viajes internacionales giran en torno al buceo. Su pareja es nadador de aguas abiertas y a ambos les encanta disfrutar de vacaciones acuáticas por todo el mundo.

    “No quiero desanimar a la gente a bucear”, dice Alexandra. “Todo lo contrario… Es un mundo precioso. Los peces son preciosos. Los corales son algo asombroso. Y me ayudó a desarrollar una capacidad de asombro, a maravillarme con las pequeñas cosas. Me hace muy feliz pasar 45 o 50 minutos bajo el agua, maravillándome con las diminutas criaturas”.

    Alexandra, quien ahora tiene cincuenta y tantos años, dice sentirse “bendecida y afortunada” por haber sobrevivido a una experiencia que la marcó como persona y cambió su perspectiva del mundo.

    “Cuando estoy en una fila, esperando algo durante más de una hora, y estoy muy molesta, recuerdo este episodio y pienso: ‘Alexandra, recuerda que puedes esperar más de una hora. Puedes esperar eternamente’”.

    Pero hoy en día, también pasa años sin pensar en el accidente.

    “Es algo que pertenece al pasado, completamente al pasado. Es como una historia que le sucedió a otra persona. Te la cuento como si le hubiera pasado a otra Alexandra, no a mí”, dice. “Es muy extraño, pero esa es la sensación que tengo hoy”.

    Cuando Alexandra reflexiona sobre el incidente, descubre que solo puede centrarse en lo positivo.

    “Veinte años después, solo puedo contar cosas maravillosas sobre esta historia”, dice.

    “Pero me acompañó durante décadas, no como un trauma, sino como un silencioso recordatorio de lo delgada que puede ser la línea entre la aventura y la pérdida, y de cómo viajar, en su forma más extrema, expone tanto nuestros límites como nuestra dependencia de los demás”.

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