Cuento: El diablo conoce tu nombre ...Middle East

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Cuento: El diablo conoce tu nombre
Ilustración: Antonio Gutiérrez Geraldo/Especial para Tiempos de San Diego.

El diablo conoce tu nombre

pero te llamará por tus errores;

    Dios conoce tus errores,

    pero te llamará por tu nombre

    Entendí que no hay felicidad que no tenga su término, ni bienestar que no tenga su límite. No existe copa sin vino amargo ni plazo sin vencimiento. Sí, es difícil; siempre es así. Iniciar, empezar lo que no deseas hacer, pero que debes hacer. Sin embargo, por alguna razón piensas que puedes encontrar, en el último instante, una forma de escaparte.

    Pero el mundo no tiene finales felices, como Disneyland nos hace creer.

    Existen ocasiones en las que te preguntas:

    —¿Cómo carajos llegué a esto? ¿Qué sucedió?

    Así que aquí estoy, sentado en el sillón de la sala, esperando a que el reloj marque las tres de la tarde. Debe ser así. A esa hora fue cuando todo empezó; fue cuando todo se cubrió de oscuridad.

    Qué lento es el tiempo cuando deseas que pase rápido, y qué efímero resulta cuando deseas que dure toda la vida. Simplemente se te escapa de las manos, como la arena entre los dedos.

    Ya entiendo a Dalí.

    Debo esperar.

    Está la radio prendida y escucho de fondo a David Bowie y Queen cantando:

    Why can’t we give ourselves one more chance?

    ¿Por qué nos convertimos en verdugos y víctimas de nosotros mismos?

    No sé.

    —Me pregunto: ¿lo merezco?

    ¿No acaso se perdió una vida para que fuéramos perdonados?

    Cuando llegue ante Él…

    —¿Qué le diré? ¿Que no sabía? ¿Que no fue mi intención? ¿Será suficiente con arrepentirme? ¿Podré preguntarle:

    “¿Por qué me has abandonado?”?

    Tengo miedo de aquello en lo que me he convertido.

    Pegada a la pared, frente a mí, pasa caminando muy despacio una cucaracha. Muy cuca la cabrona. De repente se detiene. Me ve. La veo.

    —Mira, caraja, no estoy para bollos. Tú mantente en tu rincón y yo acá, y estaremos bien.

    Le advertí.

    Me hace caso. Sigue su camino, pero de pronto se detiene y se arranca a toda velocidad hacia mí.

    —Aaah, no —digo—. Yo te lo advertí.

    Me levanto del sillón con toda la actitud de matarla, pero ella corre entre mis pies y pego un brinco acompañado de un respetivo grito de miedo. Por fortuna, en mi caída, el zapato aterriza sobre su asqueroso cuerpo.

    Mis setenta y cinco kilos son suficientes para hacerla caca.

    —Te lo dije.

    Me quedo pensando.

    ¿Por qué será que no somos capaces de ver las señales de advertencia?

    Entre todo este alboroto ya dieron las tres de la tarde.

    Tomo las llaves y abro la puerta de la casa. Salgo al patio y me detengo ahí, perdido, como quien espera al pelotón de fusilamiento.

    Observo detalles que nunca vi.

    La pintura desgastada de las paredes. Los mechones de zacate que se aferran a vivir. Nunca los regaron y ahí están. No mueren.

    Total.

    Suspiro.

    Tomo una buena bocanada de aire, reúno fuerzas y cierro la puerta de la casa.

    Guardo las llaves en el bolsillo del pantalón, pero pienso:

    —¿Y para qué?

    Este es un viaje solo de ida.

    Así que meto otra vez la mano en el bolsillo y saco las llaves. Las veo por última vez.

    Las tiro donde sea.

    Ya no importa.

    No las necesitaré.

    Camino hasta el cerco de la casa y salgo.

    Estoy en la calle G.

    Igual que Dante, este será el inicio de mi redención.

    Desde aquí caminaré.

    Como una peregrinación.

    O, más bien, una cruzada.

    Sí, eso es.

    Una cruzada para liberar al mundo del mal.

    Alguien debe poner fin al mal.

    Será como llevar una cruz sobre mi pecho.

    Así liberaré mi alma de mis pecados.

    En un instante llegué a la calle F.

    A partir de aquí parecía que conocían mis intenciones.

    Cada paso se volvía más pesado, como si caminara en un pantano donde cada uno de mis movimientos se hundiera más y más en la banqueta.

    Y entendí que cuando ves al mal, él también te ve.

    Pero, sin importarme, seguí adelante.

    Al llegar a la calle D, mis recuerdos viajaron a los inicios de todo.

    Fuimos de compras.

    Quería comprarse unos pantalones blancos y recorrimos todas las tiendas, una tras otra, devorándolas todas.

    Mexicali se hizo chiquito.

    No parecía que ninguno le gustara, así que solo nos quedó Calexico.

    —Se acababan las opciones —pensé.

    Y eso que estábamos con los gabachos.

    Entramos a otra tienda y empezó el baile sin fin: medirse y medirse, verse y verse por todos lados los pantalones frente a los espejos.

    Y en una de tantas tiendas, durante la espera, no sé por qué se me ocurrió salir.

    Al salir tropecé con tres muchachas que caminaban a toda prisa con los brazos entrelazados.

    Las tres, al mismo tiempo, daban un paso a la derecha y otro a la izquierda.

    Me disculpé con ellas.

    Las miré de reojo.

    —Me dije para mis adentros: “Ay, carbón, están que pican”.

    Por feas.

    Las tres cuchichearon entre sí.

    Pero una de ellas se acercó a mí, muy temeraria, y con voz suave me dijo:

    —Tenemos prisa. Por eso, solo yo, que tengo el hilo del destino de los hombres, te diré:

    —Ve. Sigue caminando y encuentra tu destino.

    Regresó con las otras dos.

    Se abrazaron y se perdieron entre la gente.

    No entendí.

    Y realmente no me importó.

    Así que seguí caminando por la calle 2nd hacia la 111.

    En la esquina encontré un establecimiento con un letrero luminoso que decía:

    BOOKS FOR GENTLEMEN

    Me pareció interesante.

    —Voy a hacer tiempo —me dije.

    Entré a la tienda. Inmediatamente encontré unas escaleras que conducían a una especie de sótano. La luz era tenue, de un color amarillento. El ambiente, cargado con un fuerte olor a incienso, producía una extraña sensación; no sé exactamente de qué.

    No había nadie.

    —Será por la hora. Es temprano. A estos lugares la gente viene por la noche, para que no la vean —pensé.

    Recorrí los pasillos. Había un montón de cosas; algunas incluso me parecían chistosas. No quise tocar nada.

    Ya para salir, pasé por el mostrador. Ahí se encontraba el dependiente, recargado sobre el mostrador de vidrio. Era una persona no muy mayor, con algunas canas, tez blanca y estatura mediana.

    Cuando pasé frente a él, me preguntó:

    —¿Qué buscas?

    Inmediatamente le respondí:

    —Nada.

    —¡Uff! —exclamó—. Ten mucho cuidado con lo que buscas.

    Por el tono de su voz sentí que su respuesta tenía un doble sentido, así que le pregunté:

    —¿A qué te refieres?

    Entonces me dijo:

    —Déjame explicarte. Mira, te lo explicaré desde el punto de vista de la ingeniería, porque veo que eres ingeniero.

    —¿Y cómo sabes que soy ingeniero?

    —Primero, porque llevas una pluma en la bolsa de tu camisa. Las personas que siempre van preparadas para escribir suelen ser ingenieros o abogados; eso forma parte de su entrenamiento. Así que podrías ser abogado o ingeniero. Pero un abogado no se viste con camisa a cuadros y jeans Levi’s. Así que eres ingeniero.

    —Pues sí, es correcto —contesté.

    —Con esta información, déjame hacerte una pregunta. Imagínate que pudiéramos asignarle un número a Dios. ¿Qué número sería Dios?

    —Pienso que debería ser el mayor número que pueda existir. Tal vez sería infinito, ya que Dios es omnipresente.

    —Me gusta esa palabra. No la olvides —me dijo.

    Hizo una pausa.

    —Pero no. El número de Dios es el número uno.

    —¿Cómo es eso? —pregunté.

    —Mira. Tú debes saber que todos los números naturales pueden colocarse en una recta numérica. ¿Estás de acuerdo?

    —Sí, es correcto. Así es como se describen los números naturales.

    —Bien. Entonces tenemos una sucesión: uno, dos, tres, cuatro y así sucesivamente. ¿Estás de acuerdo?

    —Claro.

    —Si te fijas, el primer número es el uno. El dos puede construirse como uno más uno. De igual forma, el tres sería dos más uno; el cuatro, tres más uno. Entonces observamos que el uno se encuentra dentro de todos los números.

    Tomando tu palabra, “omnipresente”, que se describe en Génesis 18:14 como que Dios está presente en todas partes y en todas las cosas, podemos concluir que el número uno está en todos los números. Por lo tanto, el uno representa a Dios.

    —Bueno, nunca pensé que Dios terminara siendo un número —le dije.

    Pensé que, en ese momento, no tenía manera de refutar sus argumentos.

    Pero continuó:

    —Piensa ahora en tu respuesta cuando te pregunté qué buscabas y respondiste “nada”.

    »Si Dios es uno, entonces el cero ¿quién es? ¿El cero es la nada?

    Quise responder que no, pero intuí hacia dónde quería llevarme.

    Tomó nuevamente la palabra.

    —Entonces es el Diablo.

    »Dios siempre construye números positivos: uno, dos, tres. Pero la nada es el vacío. Y cuando te pregunté qué buscabas, respondiste: “Nada”.

    Guardé silencio.

    —Pero no quiero incomodarte. Déjame regresar a la tabla numérica donde tenemos todos los números ordenados del menor al mayor. Imagina que alguien quiere llegar a Dios. ¿Es sencillo? Es el uno. Fácil.

    Hizo una pausa y sonrió.

    —¿O será?

    »Construyamos entonces “La Casa de Dios”. Estaría formada por una distancia de cero a uno. Luego subimos una distancia de uno y regresamos al punto inicial para formar un cuadrado.

    »Tenemos “La Casa de Dios”, donde todos los lados miden uno. Hace muchos años, una persona descubrió que la forma más rápida de llegar de un punto a otro es la línea recta.

    »Si recorrieras todo el cuadrado por sus lados, tardarías más. Por eso es más rápido trazar una línea recta desde un vértice hasta el vértice opuesto.

    »Esa persona encontró una relación:

    c² = a² + b²

    »La cual permite llegar de un vértice al otro. Resolvámosla para unirnos con Dios.

    »¿Qué te parece?

    No me dio oportunidad de responder. Yo ya sabía todo eso de Pitágoras.

    Siguió hablando.

    —Fíjate. Si un lado de este cuadrado mide uno, al elevarlo al cuadrado sigue siendo uno. ¿Correcto?

    —Correcto.

    —El otro lado también mide uno. Entonces, al cuadrado, también vale uno.

    »La ecuación nos dice que debemos sumar ambos cuadrados. Uno más uno es dos.

    »Por lo tanto:

    c² = 2

    »Ahora despejamos:

    c = √2

    »Y obtenemos la distancia para llegar a Dios.

    —¿Raíz de dos? ¿Cómo es eso posible?

    —Porque su valor es 1.4142…, un número infinito que nunca se repite.

    »A ese tipo de números se les llama irracionales.

    »Si buscas la palabra “irracional”, encontrarás algo parecido a esto: “Todo aquello que carece de razón o escapa a la comprensión”.

    »Y tiene sentido.

    »¿Cómo es posible que Dios esté tan cerca, a solo una unidad de distancia, que sea omnipresente y esté en todas las cosas, y aun así no podamos alcanzarlo?

    »Porque la distancia hasta Él es infinita.

    Entonces cambió el tono de su voz.

    —Conclusión: nunca llegarás a Dios.

    Entre tantas cosas que me había dicho, lo único que quería era salir de aquel lugar.

    Y me pregunté:

    —¿Qué chingados hago en este pinche lugarcito hablando de Dios con este tipo raro?

    —Pero no quiero aturdirte ni confundirte con todo esto. Ya que estás aquí, déjame mostrarte nuestro último producto de última generación.

    Fue a una esquina de la vitrina, buscó dentro de ella, tomó una caja rectangular de color rojo, la llevó hasta el mostrador y me mostró su contenido.

    Vi lo que era.

    —No, no creo que eso sea para mí —le dije.

    —Claro —me respondió—. Es para usarlo con tu pareja, porque tienes novia, ¿verdad?

    —Sí, claro, pero no pienso que usaría eso con ella, ni que ella me lo permitiría.

    —Mira, deja que te explique. En realidad, esto es algo que se usa sin pedir permiso, porque la moral nos impide ser felices.

    —Paso número uno: tú haces lo que tienes que hacer con tu chica, siempre con tu mejor esfuerzo, y una vez que llega la calma, lo usas. Así nomás. Sin pedir permiso.

    —Estás loco. Claro que no. No puedes hacer algo así sin pedir permiso.

    —Precisamente. Si pides permiso, jamás lograrás hacerlo. Por eso debes actuar sin pedir permiso y ya verás qué sucede. Te vas a sorprender.

    —Se encabronará —pensé.

    Y me contestó como si hubiera leído mi mente.

    —Sí, así será. Se encabronará. Y tu acto seguido será pedir perdón. Te disculparás y dirás que nunca más lo volverás a hacer. Le dirás que ella lo guarde porque nunca más lo volverás a usar. Pero habrás encendido una chispa dentro de su ser, una luz en ella. Y, sin aceptarlo, sabrá que fue algo diferente, algo extraño, algo que no puede describir. Y así lo hará, lo guardará.

    »Aquí está. Todo tuyo por 19.99 dólares. Con todos los avances tecnológicos que la IA puede ofrecerte, jamás encontrarás otro producto igual. Te estoy dando precio de costo solo porque me caíste bien.

    No sabía qué hacer.

    Entonces me dijo:

    —Es la oportunidad de tu vida. Podrás encontrar la felicidad. ¿No es acaso eso lo que buscas en tu vida? Ser feliz.

    —Ahora, no se trata de sustituirte. No, claro que no. Tú siempre debes hacer tu mejor esfuerzo. Esto es un complemento. Es como la alimentación: debes comer sano, sí, pero las vitaminas te proporcionan lo que le hace falta a tu cuerpo para estar sano. ¿No es así?

    Sin entender cómo, accedí y lo compré.

    No pasó mucho tiempo antes de prepararme para usarlo. Me acomodé de tal modo que pudiera tenerlo a la mano y no titubear en el momento preciso. Tal y como me había indicado, después de hacer mi chamba, lo encontré fácilmente y lo usé.

    Sin pedir permiso.

    Los eventos siguientes sucedieron tal y como lo había dicho. Fue un déjà vu. Fue tan extraño como ver una película por segunda vez; como cuando viajas en un tren y los paisajes se deslizan a tu alrededor uno tras otro, mientras tú solo los observas, inmóvil en tu asiento, congelado.

    Sí, efectivamente, se comprometió a guardarlo.

    Mis pasos me llevaron a la calle “C”, y sufría para avanzar, pero no había otro remedio que seguir y seguir.

    Lo que no me dijo fue lo que pasó después.

    La siguiente vez que estuvimos juntos, fue ella quien, al final, lo sacó de entre las almohadas y me lo dio sin decir nada. Fue como un acuerdo entre los dos: «No preguntes, no te digo».

    Lo usé, pero ahora con su permiso.

    Y entonces sucedió algo que no puedo explicar ni entender.

    Una locura.

    Fue cuando por fin entendí a Einstein, cuando en la escuela nos planteaban que el tiempo es relativo. El tiempo transcurría a ritmos diferentes. Para ella fue la locura; para mí, el placer de sentir el poder.

    A partir de ese momento nuestra relación cambió.

    Nos convertimos en ella, yo y la Cosita. Así le gustó que la bautizáramos, como si fuéramos los tres mosqueteros: «Uno para todos y todos para uno».

    Cada vez que salíamos me preguntaba:

    —¿Traes la Cosita?

    Empezamos a explorar un mundo nuevo. Casi como el descubrimiento de América.

    Y la Cosita viajaba al cine, a la alberca, en el auto. Explorábamos situaciones temerarias, incluso en restaurantes. En público se convertía en un desafío.

    Las posibilidades parecían infinitas.

    Llegué a la calle “B”.

    ¿Será que no cambiamos? ¿O simplemente revelamos lo que somos con el tiempo?

    Nuestro trío fue inseparable.

    Como dice Pat Benatar:

    No one can tell us we’re wrong… we are young.

    Sí, éramos jóvenes.

    Fuimos un par de locos por dejarnos llevar hasta el límite.

    Encontramos que la Cosita tenía todo tipo de funciones de última generación. Podías vincularla con el celular y programar el ritmo del movimiento con una canción; activar colores, modificar la textura.

    Qué divertido era escucharla cuando cambiaba de fino a rugoso.

    Incluso tenía la capacidad de guardar estadísticas, por lo que sugería los mejores desempeños.

    Y nosotros pensábamos que el mundo era solo una playa con palmeras moviéndose al viento.

    Llegué a la calle “A”.

    Casi al final del camino.

    Frente a mí ya se encontraba la iglesia.

    Entré.

    No perdí tiempo.

    Mientras esperaba que la gente saliera, pensé:

    En la oscuridad

    ¿Qué herencia he de pagar?¿Qué tan antiguo es el castigo?Tú que eres Dios, atrévete, termina conmigo.Maldíceme con tu perdón.

    Solo esperé un poco a que la gente dejara de observarme y me acerqué a la pila bautismal.

    Ahí arrojé siete balas.

    Solo caben seis en la recámara del revólver, pero debo usar siete: una por cada pecado.

    Sumergidas en la pila quedarían bendecidas.

    Ahora sí tendría el poder de decir:

    —Vade retro, Satanás.

    Y acabar con el mal.

    Sí.

    Sería como el arcángel San Miguel.

    Pero yo llevaría, en lugar de espada, mi revólver calibre .38 con seis tiros más uno.

    Libraría esta batalla contra Satanás.

    Salí de la iglesia con el revólver y mis balas bendecidas.

    Dirigí mis pasos hacia la frontera.

    Ya solo necesitaba cruzar la línea fronteriza y estaría a unos pasos de mi destino.

    Es aquí, Señor, donde, si deseas detener mi mano, solo hace falta que el guardia me mande a segunda revisión.

    Sería como cuando el ángel detiene la mano de Abraham, justo en el último instante antes de sacrificar a su propio hijo.

    Encontrarían el arma.

    Me arrestarían.

    Tal vez incluso me dispararían.

    Y así terminaría todo.

    No pasó nada.

    El guardia ni siquiera me revisó.

    —Pase —me dijo.

    Me dirigí a donde todo había comenzado.

    Mi corazón palpitaba con toda su fuerza.

    Imaginé:

    Abriré la puerta con la pistola empuñada y descargaré toda la carga, una bala tras otra.

    Y gritaré:

    —¡Soy yo, el paladín que detendrá el mal!

    Llegué a la esquina donde todo había empezado.

    Pero…

    ¿Y el lugar?

    Nada.

    Nada.

    Todo estaba viejo y destruido.

    No existía una puerta que condujera a ningún sótano.

    Ni siquiera había un letrero que indicara que alguna vez existió una tienda dedicada a libros para adultos.

    Llegué al departamento de Margarita.

    Subí las escaleras.

    Estaba muy contento.

    Nuestra relación era extraordinaria.

    La trilogía me había cambiado la vida.

    Ella me había confiado las llaves de su departamento.

    Abrí la puerta y entré a la sala.

    Pero algo me pareció extraño.

    Las cosas estaban tiradas.

    Había mucho desorden.

    Entonces salió de la recámara a toda prisa, gritando fuera de sí.

    —¿Qué pasa? —le dije.

    —¿Qué no ves lo que pasa, imbécil?

    —No —contesté.

    —Por eso siempre fuiste muy poca cosa para mí.

    —¡Mira! —gritó en un estado de profunda desesperación, enseñándome la Cosita frente al rostro.

    —¡No funciona!

    Me gritaba con furia, con rabia, con dolor.

    Con una expresión de odio en la cara.

    —Déjame ver qué tiene —le dije.

    —¿Qué vas a ver? Si tú nunca funcionaste para mí.

    —¡Lárgate! ¡Lárgate! ¡Lárgate!

    Me lo gritó tres veces.

    Y en cada grito aumentaba su odio.

    Su desprecio.

    Salí del departamento.

    Bajé las escaleras, escalón por escalón, mientras escuchaba sus gritos.

    No podía comprender qué había pasado.

    Llegué a la banqueta y empecé a caminar.

    Como una rolling stone.

    Sin dirección.

    Sin rumbo.

    Como un zombi.

    No podía pensar.

    Estaba vacío por dentro.

    Si éramos tan felices.

    Si yo era tan feliz.

    Caminaba perdido.

    Pero no fueron los platos que volaron hacia mi cabeza con la intención de arrancármela, ni los insultos surgidos desde lo más profundo de su ser, ni los conjuros que cargaré por la eternidad lo que realmente me mató.

    Fue la incapacidad de perdonarme a mí mismo.

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