Relato: ‘No giré a la izquierda’ ...Middle East

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Relato: ‘No giré a la izquierda’

Le estuve llamando toda la semana pasada y, por fin, hoy me contestó. Sí, definitivamente el tiempo nos cambia. Aquellos años en que por nada reíamos o no podíamos estar sin vernos ya han pasado; sin embargo, le llamo, pero no siempre me contesta. Yo sé que, en el fondo, no es que no desee verme o que ya no me aprecie; es la vida. Todos hemos tenido tiempos difíciles. Sí, crecemos y nos llenamos de problemas, de obligaciones, de miedos que nos devoran los sueños, como si fueran malditas pirañas que te arrancan, a pedacitos, las ilusiones.

Ahora sí, me prometió que iría, que no faltaría. Le dije:

    —Será como antes, como cuando estábamos en la prepa. Nos iremos caminando, como antes; nos divertiremos como antes, cuando podíamos disfrutar de estar tirados en el césped y ver las estrellas, y pensábamos que veríamos un ovni, y que lo que cocinábamos para comer en esas fogatas era lo más delicioso del mundo.

    Esta vez me dio su palabra.

    Así que preparé todo. Me di cuenta de que algunas cosas ya estaban muy gastadas y viejas, así que fui a la tienda y tiré la casa por la ventana. Compré todo un equipo nuevo para acampar. Vi en la tienda una mochila de acampar súper bonita; me la medí y me quedó perfecta. Ni siquiera revisé el precio. Le dije al encargado:

    —Démela, me la llevo.

    Me preparé con todo: comida, agua y un kit de primeros auxilios. Ya estaba listo.

    Ha pasado media hora y no ha llegado. Bueno, la puntualidad nunca fue su fuerte, me trato de convencer. Me pregunto si debo llamarle. No, no lo haré. No debo. Esperaré.

    Ya pasó hora y media.

    No, ya no vendrá. Pienso en desempacar todo… Será para la próxima.

    No. Debo aceptarlo de una vez.

    Él nunca vendrá.

    —Iré solo —me dije.

    Sí, ¿por qué no? Reviviré los buenos tiempos. Lo haré por ambos.

    Tomé todo mi equipo de camping, me lo puse en la espalda y me fui a la estación de camiones.

    —¿A dónde va? —me dijo la señorita de la taquilla.

    —A la estación “La Hechicera” —le dije.

    El autobús, en dos horas, me condujo a mi destino. Me bajé donde siempre. Es una vieja parada de camiones.

    Ahí estaba el sendero que siempre tomábamos, sin cambiar: el mismo color de tierra, el mismo cerco de alambre de púas hecho de paloverde.

    Recuerdo que le pregunté:

    —¿Por qué se llama este lugar “La Hechicera”?

    —Espera a que llegue la tarde y verás que el cielo se pone de un color rojizo. El viento silba de tal forma que te pone la piel de gallina. Todo parece muy tenebroso. Imagínate que entras a la casa de la bruja de Hansel y Gretel.

    Caminé por el sendero durante dos horas, tal vez más. Ya no tengo la misma velocidad de antes y mis recuerdos del camino se están perdiendo con el tiempo. Pero no importa. No me interesa llegar rápido. Disfrutaba cada paso. Respiraba el aire lleno de aromas, contemplaba las flores de mil colores con sus abejitas. Me gusta cómo marco la tierra con mi bota y dejo mis huellas sobre ella.

    Pareciera que todo estuviera ahí, esperando a que yo llegara.

    Recuerdo nuestras buenas conversaciones mientras caminábamos con la mochila de camping al lomo. Fue él, con su grabadora de casetes, quien, según nosotros, cantaba “American Pie”, y juntos, paso a paso, con el viento en la cara, escuchábamos “Tierra Mestiza”, de Los Folkloristas.

    Pero fue John quien nos mintió. Nos hizo creer que podría existir un mundo sin religión, sin guerra, sin nada por qué pelear, sin nada por qué morir.

    El tiempo jugó con nosotros.

    Todo fue una broma de la vida.

    Habrá sido nuestra juventud o, tal vez, nuestro corazón lo que nos hizo pensar ilusamente que cambiaríamos el mundo, que seríamos algo así como unos caballeros andantes con nuestra Dulcinea. Pero la vida, a cachetadas, nos arrancó los sueños.

    Tal y como dice Supertramp:

    Nos enseñaron a ser lógicos

    Responsables

    Prácticos

    Cínicos

    Un día, cerca de Año Nuevo, en la CDMX, en un barrio de tantos, nos encontramos una procesión al Niño Dios. Nos unimos a ella. La gente, con júbilo, cantaba y llevaba ofrendas. No faltaban los cohetones para anunciar la llegada del Niño Dios. Caminábamos junto al tumulto de gente por los callejones del barrio, angostos y empedrados. Las personas de las casas por donde pasábamos abrían los portones de sus casas y nos ofrecían comida y bebida. Nos trataban como si nos conocieran de toda la vida y nos animaban a seguir en la procesión.

    Llegamos a las puertas de la iglesia. Ahí ya tenían todo listo para oficiar la misa.

    Pensé en ese momento que hasta aquí llegaríamos y nos iríamos, pero me sorprendió que se quedara a escuchar y guardara silencio. No quise interrumpirlo, ya que vi que su actitud era seria, así que yo también guardé silencio y esperé.

    La misa terminó y entonces me dijo:

    —Vámonos, ya es hora.

    Caminamos alejándonos, pero llegué a un punto en que no aguanté más y le pregunté:

    —¿Por qué, si tú no crees en Dios, te quedaste a escuchar la misa?

    Entiendo que te gustara seguir la procesión por la experiencia, ¿pero la misa?

    Entonces me dijo:

    —En estos días en que el año llega a su fin, cuando cada persona ha cargado el peso de sus problemas, ha soportado el sufrimiento de esas horas oscuras, esas noches interminables, cuando sientes que estás solo, cuando te preguntas: “¿Por qué a mí?”. La procesión de llevar al Niño Dios a su casa, para algunas personas, representa que el perdido en realidad eres tú, porque en realidad son las personas las que se encuentran perdidas en un bosque oscuro, donde no encuentran el camino a casa.

    »Es el Niño Dios quien realmente te encuentra y te lleva a casa. El punto final es la misa; es dar gracias. Independientemente de si crees o no en Dios o en lo que sea, ahí existe un instante, un minuto, un segundo, donde toda la gente se une en una sola alma, en un suspiro, en una sola mente o en un solo corazón, lo que tú quieras. Pero en esa pequeña chispa todos deseamos el bien para uno mismo y para el resto del mundo, porque esperamos ser salvados.

    »Esa energía, o no sé cómo describir esa vibra, pero está ahí y me gusta ser parte de eso. Porque pienso que no vamos por buen camino, como humanidad, y en cualquier momento alguien aplastará el “botón”.

    Después de un buen rato de camino llegué a la bifurcación. Aquí es donde nos decía mi amigo Maciel:

    —A la izquierda, siempre a la izquierda. Este camino lleva al Parque Nacional Constitución de 1857.

    Me detuve exactamente en la división del camino y veía a la derecha o a la izquierda, a la derecha o a la izquierda. Bueno, algunas veces hay que decidirse entre una cosa a la que se está acostumbrado y otra que nos gustaría conocer.

    Total, ¿qué puede pasar?

    —A la derecha —me dije.

    Y puse mis pies en esa dirección.

    Seguí caminando y el paisaje empezó a cambiar: más árboles, más vegetación. No recuerdo en sí cuánto caminé; parecía mucho, no sé. Pero empezó a oscurecer y sí, empezó a ponerse como Hechicera. A lo lejos, fuera del camino, vi una cabaña. Salía humo por la chimenea. Pensé que sería buena idea llegar.

    Mis pasos me llevaron hasta la puerta de la cabaña. Se oía ruido, así que empujé la puerta. Efectivamente, era una posada en el camino.

    Toqué la puerta y entré. Tenía mesas de madera; de hecho, todo era de madera y se veía muy viejo. No tenían luz, así que se iluminaban con lámparas de aceite. En una de las mesas había dos comensales que platicaban despacito. Saludé y me dirigí a la barra.

    La barra era toda de madera. Se veía que había sido muy bonita en su tiempo, pero aún mantenía su elegancia. Ahí estaba una viejita. Le di las buenas noches y le pregunté si servían comida.

    —Solo carne seca —me dijo—. Es tarde para cocinar.

    Se me hizo extraño. ¿Qué tan tarde podría ser?

    Volteé a ver mi celular, pero no encendió. Pensé que, por la falta de internet, no marcaba bien.

    Miré a la viejita y le dije que me diera la carne seca y cualquier cosa para tomar.

    Me senté en una mesa y puse mis cosas a un lado. Casi inmediatamente llegó la viejita y me sirvió la carne seca y una cerveza.

    —¿De dónde viene? —me preguntó.

    —De la ciudad. Estoy explorando este nuevo camino, pero en realidad siempre tomábamos la bifurcación hacia la izquierda, la que recomendaba mi amigo Maciel, la que te lleva al Parque Nacional Constitución de 1857. Pero hoy decidí cambiar.

    —Usted es una buena persona. No debería andar por estos lados, y menos de noche. Allá afuera hay cosas que pueden hacerle mal.

    Y se retiró.

    Sí, entendí su preocupación, pero muchas veces he acampado y sé cómo lidiar con serpientes y otros bichos, y mi amigo me enseñó bien, así que no me preocupé por eso.

    Empecé a disfrutar la carne seca con la cerveza que me trajo la viejita, mientras admiraba el lugar, todo de madera, con muchas telarañas y fotos viejas de parejas de diferentes épocas, todas con una niña. Me imaginé que las fotos eran de parientes de la viejita.

    —Mira, aquí estoy —me dije—, disfrutando de este lugar, a pesar de que me decía mi amigo Maciel: “A la izquierda, a la izquierda está el Parque Nacional Constitución de 1857”.

    Terminé de comer y me levanté. Fui a la barra. Allí estaba la viejita. Me di cuenta de que las dos personas ya se habían retirado, así que estaba solo.

    Le pregunté cuánto le debía.

    Fue ridículo lo que me cobró.

    Me ofreció un cuarto para pasar la noche. Pensé dentro de mí que no lo ocupaba, pero, por otro lado, por estar aquí no había determinado un lugar para pasar la noche y, además, tendría que armar la casa de acampar en la oscuridad. Así que me pareció buena idea quedarme y acepté.

    Tomó una lámpara de aceite con queroseno y me condujo por un pasillo largo y oscuro, como un túnel. El pasillo se iluminaba poco a poco con la luz parpadeante de la lámpara a cada paso.

    Me dio la sensación de que, si en ese momento se apagaba la luz de la lámpara, yo no sabría cómo regresar.

    Se me escurrió un escalofrío por el cuerpo.

    Llegamos a la habitación. Abrió la puerta y puso la lámpara de queroseno sobre una pequeña mesa.

    —Descanse —me dijo.

    Y se retiró cerrando la puerta.

    La luz de la lámpara apenas iluminaba el lugar. Era un cuarto con una ventana pequeña y, debajo de esta, se encontraba una mesa. Además, había una cama y eso era todo.

    Puse mis cosas a un lado de la mesa y me tiré en la cama, que rechinó por todos lados, y así caí muerto de sueño.

    Un resorte de la cama, encajado en mi espalda, se encargó de despertarme. No sé a qué hora de la noche. Para entonces, el aceite de la lámpara se había terminado, así que el cuarto estaba en completa oscuridad.

    Revisé mi teléfono y seguía sin encender.

    Todo era silencio.

    Ahí, acostado en la cama, vi un pequeño haz de luz que se proyectaba por un orificio en la pared. Me pareció tanto extraño, así que me levanté a revisar y sí, la luz parecía salir de otro cuarto contiguo.

    Entonces se me ocurrió asomarme por el orificio para ver qué había del otro lado.

    Pero me tuve que agachar mucho. El orificio se encontraba muy abajo, pegado casi al piso, así que me tiré de barriga y me asomé.

    Entonces vi las piernas más hermosas que jamás había visto en mi vida.

    Su piel blanca, lisa, perfectamente torneada. Parecían hechas de perla. Iban y venían de un lado a otro, como si flotaran en el aire. No en el aire, en el instante.

    Sus piernas jugueteaban entre sí, provocándome la locura.

    Pero no podía ver más arriba. La posición del orificio no me lo permitía. Por más que me agachaba o cambiaba de posición, no lo lograba.

    Así pasé un buen rato intentando ver más, hasta que eventualmente la mañana empezó a aclarar y, a medida que la luz iluminaba el cuarto, perdía la capacidad de ver a través del orificio.

    Terminé medio dormido en el piso.

    Para entonces, la señora ya me gritaba que el desayuno estaba listo.

    Me fui a la estancia y la viejita me indicó que afuera había una pila para lavarse. Allí lavé mis manos y, con mi rostro ya limpio, entré y me senté en la misma mesa. La viejita me trajo el desayuno y entonces reflexioné que aquí estaba desayunando muy sabroso, con un buen café, y que no había girado a la izquierda, como me decía mi amigo Maciel, hacia el Parque Nacional Constitución de 1857.

    Terminé de desayunar y salí a caminar, pero en realidad lo que quería era encontrar el cuarto donde estaba la chica. Así que, sigilosamente, me puse por fuera de la posada, a la altura de mi ventana, y comencé a contar los pasos. Pero algo estaba mal: no había otro cuarto. Donde terminaba mi cuarto era el límite del hostal. No entendía. Lo medía y lo volvía a medir, y las dimensiones no encajaban. Entonces empecé a dudar.

    —¿Lo habré soñado? —me dije.

    De alguna forma que no entendía, el día se había ido y empezaba a oscurecer.

    —Se está poniendo la tarde en modo Hechicera —me dije.

    El frío hacía que los huesos se me congelaran, así que entré al hostal. Había otra pareja, un hombre y una muchacha muy jóvenes. Ni idea de cuándo llegaron, pero por su equipo de camping me di cuenta de que sabían lo que hacían. Saludé a la pareja y ellos retornaron mi saludo.

    Me dirigí a la barra y le dije a la señora que me quedaría otra noche más.

    —Sí —me dijo—. Está bien. Usted es una buena persona. No debería andar allá afuera en la noche. Allá afuera hay peligro. No es seguro.

    —No, no pasa nada —le dije.

    Me preguntó si quería cenar.

    —Lo mismo que ayer.

    Me miró con extrañeza.

    —Ahorita se la llevo —me dijo.

    Me senté en la misma mesa y, al ratito, llegó con una botella de tequila y limones. Pensé: ¿cuándo pedí esto? Tal vez me entendió mal, pero bueno, ya estaba ahí.

    Así que me serví y empecé a disfrutar del tequila mientras seguía observando las viejas fotos pegadas en la pared. Me fue intrigando que en todas las fotos aparecían diferentes parejas con una niña, y la niña se parecía mucho en todas ellas. Las parejas cambiaban mientras, aparentemente, la misma niña crecía.

    Sin darme cuenta, ya casi me había bebido toda la botella. Me levanté mareado y busqué a la pareja de jóvenes, pero ya se habían marchado. La señora entonces se acercó y me dio la misma lámpara de queroseno.

    Llegué a la habitación entre medio borracho y ansioso por poder ver más a través del orificio y descubrir quién era aquella chica de piernas tan hermosas. Me puse a buscar el orificio, pero no pude encontrarlo. Entonces, en mi desesperación, acerqué la luz de la lámpara para buscarlo, pero ni así pude hallarlo.

    Sin embargo, me di cuenta de que había una puerta trabada, sin manija.

    El cansancio llegó a mí y de nuevo me tiré en la cama, medio muerto. Me dije que iba a esperar un rato para intentarlo de nuevo.

    Una vez más, un resorte de la cama me despertó. La luz de la lámpara se había apagado. Levanté la cabeza y ahí estaba el haz de luz.

    —Mi guía —me dije.

    Me levanté emocionado para observar de nuevo y sí, ahí estaba, casi flotando, bailando en el aire, aquellas piernas preciosas.

    Intenté de nuevo y no podía ver más.

    Así que no aguanté más y, en la oscuridad, alcancé mi mochila. Saqué el cuchillo y empecé a buscar por dónde podría hacer palanca para abrir la puerta. Encontré que estaba clavada, así que fui quitando los clavos uno por uno hasta que por fin cedió. Pude meter mis dedos y jalarla.

    La abrí.

    Entré a la habitación.

    Todo era de color blanco. No se veían los límites de las paredes ni del piso. No había muebles. Y ahí, en el centro, estaba ella, como suspendida en el tiempo, en el espacio.

    Mi reina tibetana.

    Completamente desnuda.

    Y la vi. Toda ella. Enterita. Con su cabello suelto hasta la cintura.

    El aliento se me cortó.

    Recorrí su cuerpo como por el mundo. Su vientre era una plaza soleada; sus pechos, dos iglesias donde oficia la sangre sus misterios paralelos.

    Mi mirada la cubrió como yedra.

    Levantó los brazos y me dijo:

    —¿Por qué tardaste tanto?

    No entendí por qué me dijo eso. ¿Acaso sabía que vendría?

    Me arrojé a sus brazos. La abracé con todas mis fuerzas. Sentí todo su cuerpo pegadito al mío. Su cuerpo estaba tan frío como la noche.

    Pero me dije:

    —Mi calor será suficiente para calentarnos a ambos.

    Mi corazón estaba a punto de salir arrancado de mi pecho.

    Sus brazos rodearon mi cuello como tentáculos.

    La besé.

    Y su lengua se enredó en mi garganta.

    De repente, todo empezó a oscurecerse y un frío de muerte invadió mi cuerpo.

    Sentí que alguien sacudía mi cuerpo con fuerza y, entre sueños, escuchaba:

    —Despierte, despierte.

    Mientras me sacudía.

    —Con una chingada te dije que cerraras bien esa puerta. Ya ves lo que pasa —dijo la viejita.

    El viejito preguntaba:

    —¿Lo mordió? ¿Lo mordió?

    Una y otra vez.

    —Parece que no. Atranca esa maldita puerta —dijo la viejita.

    Reaccioné, un poco mareado, y les pregunté:

    —¿Qué pasó?

    Me ayudaron a levantarme y me condujeron a la estancia de la posada.

    —No debió entrar —dijo la viejita.

    —Es la chica más hermosa que he visto. La tuve en mis brazos. ¿Dónde está?

    —Olvídese de ella. Es peligrosa —dijo la viejita.

    —No, no. ¿Cómo que peligrosa? Si es hermosa.

    Entonces la viejita tomó un poco de aire y me dijo:

    —Déjeme contarle.

    La historia de nuestro pasado dice que hace muchos años, una noche, de la nada, la noche se hizo de día. Se escuchó un rugido atordecedor y la tierra se estremeció. Y de entre fierros salió algo que tiene el poder de ver dentro de ti tu deseo más profundo y convertirse en lo que anhelas, en lo que más deseas. Se convierte en tus sueños más profundos.

    Así llegó la niña más deseada. No engendrada, no hecha, sino creada.

    Llegó a la familia y, con ella, florecieron las flores, el ganado dio más leche y las gallinas se pusieron más gordas.

    Y por todo ese bien y felicidad se tuvo que pagar un precio infame: alimentarla con vidas.

    Por ello se hizo esta posada, para atrapar viajeros.

    Se convirtió en una cruz que decidimos cargar en nuestras almas a través de generaciones.

    Pero mi esposo y yo no podemos soportarlo más y hemos decidido terminar con este destino infernal.

    Por eso la encerramos, para que no saliera y poder terminar con este mal.

    Pero llegó usted y abrió la puerta, así que tendremos que empezar de nuevo.

    Cuando terminó de contar su historia, entendí que sin dolor no hay amor y supe en ese instante cuál era mi camino.

    Así que fui al cuarto y, en mi mochila, busqué la pequeña hacha que llevaba.

    —Que se lleve el diablo la razón —me dije.

    Y fui a donde estaba la viejita.

    De un golpe en el cuello terminé con su vida.

    Sin pensarlo mucho, entré a la cocina donde se encontraba el viejito. Él se defendió un poco más. Puso el antebrazo. El golpe le fracturó el brazo y lanzó un gran grito de dolor. Le di un segundo golpe y fue suficiente. No hizo falta más.

    La sangre de ambos cuerpos empezó a escurrirse por todos lados.

    Comprendí que no debía desperdiciar nada.

    Así que tomé a la viejita por los pies y la arrastré hasta la recámara. Con el hacha quité los clavos y las tablas que había puesto de nuevo el viejito. Abrí la puerta y metí primero el cuerpo de la viejita.

    Ahí estaba ella.

    Desnuda.

    Increíble.

    Esperándome.

    Me miró y sonrió.

    Su sonrisa casi me mata.

    Era perfecta.

    La abracé.

    —Mira lo que te traigo —le dije.

    Mis manos mancharon su cintura de sangre. Su cuerpo, con aquellas manchas rojas desfiguradas sobre su piel blanca, se asemejaba a una pintura de Dalí.

    Fui por el otro cuerpo y lo puse a sus pies.

    Me quedé ahí.

    Empecé a ver cómo los envolvía con su cuerpo.

    Me salí, porque el tronido de los huesos al quebrarse me puso la piel de gallina.

    Cerré la puerta y puse los clavos de nuevo.

    —Así no la perderé —me dije a mí mismo—. Ella será mía. Aquí seré feliz por siempre. Yo seré su guardián.

    Me fui a la estancia y me recargué en la barra.

    Y me quedé pensando.

    No hice caso a mi amigo Maciel.

    No giré a la izquierda.

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