Por Don Riddell, CNN
Hacia el final de cada temporada regular —si ha sido una buena temporada—, los Boston Red Sox reciben un paquete especial de uno de sus proveedores: 100 pares de gafas protectoras.
Es un regalo inusual para un equipo de béisbol, pero cada ronda de la postemporada trae consigo otro envío de 100 pares adicionales, hasta llegar a la Serie Mundial.
¿La razón? El champán rociado a corta distancia y a gran velocidad contra el rostro provoca ardor en los ojos, y los jugadores de béisbol suelen recurrir mucho a esta práctica cuando ganan.
Todos los grandes deportes en Estados Unidos cuentan con una postemporada de varias rondas, pero ninguno celebra como los equipos de la MLB. En la NFL, las celebraciones en los vestuarios suelen ser bastante moderadas hasta que llega el Super Bowl; y, dado que los jugadores de hockey son conocidos por sus supersticiones, abrir botellas antes de tiempo es algo prácticamente prohibido en la NHL, porque lo único que realmente importa es la Stanley Cup.
Tom McLaughlin, encargado del vestuario (o clubhouse), lleva más de 40 años con los Red Sox. Aunque ha perdido la cuenta de cuántas celebraciones ha presenciado, asegura que son decenas. Comentó a CNN Sports que, cuando comenzó en los años 80 —época en la que la postemporada era mucho más corta—, los festejos eran “bastante tranquilos”. Sin embargo, hoy en día, el tramo final de la temporada puede convertirse en una celebración continua y desenfrenada para los equipos más exitosos.
¿Lograron clasificarse para la postemporada? ¡A celebrar!
¿Superaron la ronda de comodines? ¡Es hora de desmadrarse!
¿Pasaron la Serie Divisional? ¡Otra ronda más!
¿Ganaron la Serie de Campeonato? ¡La fiesta continúa a lo grande!
Para cuando un equipo de béisbol gana la Serie Mundial, digamos que no es su primera vez; todos han tenido ya mucha práctica.
Una de las tareas de McLaughlin es conseguir el alcohol. Otra es intentar evitar que el champán salpique las pertenencias personales de los jugadores, el mobiliario, los televisores y los equipos de sonido. Si observas con atención cualquier grabación realizada tras una victoria decisiva, verás láminas de plástico protector por todas partes. Recuerda a la “sala de ejecuciones” de la serie de televisión Dexter.
Se necesitan dos horas para colocar todas las protecciones; y, si parece que las cosas en el terreno de juego no van a terminar como se esperaba, el personal permanece a la espera —a media escalera—, listo para recibir la orden de retirar todo el plástico.
Cuando se gana una serie, este tipo de protección resulta fundamental.
“La primera hora es intensa”, comentó McLaughlin a CNN Sports. “Es una locura”.
Durante el festejo, se abren botellas costosas de Moët & Chandon o Dom Pérignon, y todo —y todos— termina empapado.
“Acabas muy mojado. Todo queda pegajoso. Si tienes un pequeño corte o un rasguño, el líquido entra ahí”, explicó a CNN el exbateador Curtis Granderson.
“Se convierte en una especie de batalla de pistolas de agua. Cada uno toma su botella de champán como munición, la agita para aumentar la presión y ¡listo! Ya sea que rocíes el techo, un sofá, a un compañero, a un periodista o a ti mismo… dentro del vestuario, todo es un blanco”.
Empapar a alguien es, en realidad, una muestra de respeto. Tras desempeñar un papel clave en la remontada de los Cleveland Guardians en la serie de comodines contra los Chicago White Sox, Steven Kwan apenas pudo hablar con un periodista en el vestuario.
“¡No, por Dios, no!”, exclamó mientras le vertían champán sobre la cabeza. “¡Está helado! Siento que me han tomado como objetivo. Es como estar en un cuadrilátero; intento sobrevivir, ¡pero es divertidísimo!”.
Granderson recordó que, de las 12 a 15 celebraciones en el vestuario en las que participó, no recuerda haber bebido nada de champán.
“Creo que más bien lo rociaba”, comentó. “Me caía cerca de la cara y la boca, así que llegué a probarlo; pero, en realidad, no me serví una copa para beberlo”.
Granderson cuenta que conserva algunas de las gafas protectoras de aquellas celebraciones en su vitrina de trofeos; sin embargo, otros prefieren involucrar los cinco sentidos durante el festejo.
“Un compañero mío, Michael Cuddyer, solía decir que había que ‘ganarse el ardor’”, explicó Granderson. “Él nunca usaba gafas protectoras porque le encantaba la sensación de que el champán le escociera los ojos; al fin y al cabo, tener la oportunidad de vivir eso significaba que habías hecho un buen trabajo”.
A veces, no se trata solo de alcohol.
McLaughlin recuerda que, en una ocasión durante los años 90, los Yankees de Nueva York celebraron una victoria en una serie en Fenway lanzándose comida, leche y yogur. Incluso sacaron la manguera de la ducha para completar la faena.
“Los Yankees de los 90 sabían divertirse a lo grande”, señaló, refiriéndose a la magnitud del desastre que debían limpiar entre el final de la fiesta y el amanecer.
“Si esto ocurriera en el vestíbulo de un hotel, la situación sería muy distinta”, dijo entre risas. “Seguro que intervendría la policía”.
Cada año, a medida que se acerca la postemporada, una empresa de limpieza de alfombras en Boston permanece alerta; si un equipo asegura la victoria en una serie, los llaman a las 2 de la madrugada para realizar una limpieza a fondo.
Los encargados de los vestuarios intentan proteger las instalaciones tanto como pueden, pero sus posibilidades son limitadas.
“Por más que limpies, el mal olor persiste durante días”, comentó McLaughlin, añadiendo que las placas del techo se vuelven marrones —casi negras— y deben ser reemplazadas.
Entonces, ¿por qué el béisbol encuentra estas celebraciones tan irresistibles? McLaughlin reflexiona sobre la cuestión: “No sé de dónde surgió, de verdad que no lo sé; ojalá tuviera la respuesta mágica”.
Empieza a pensar en voz alta, recordando a los jugadores y equipos que, a lo largo de los años, ha visto transformar su vestuario con tanto entusiasmo.
Finalmente, llega a la conclusión de que el éxito puede ser algo muy efímero: “Puedes ser un jugador que llega a las Grandes Ligas y solo tiene un impacto en un partido; puede que nunca vuelvas a estar ahí. Así que, cuando tienes la oportunidad de celebrar y valorar el lugar en el que te encuentras, ¿por qué no hacerlo?”.
El béisbol es un deporte que exige una gran fortaleza mental, donde la diferencia entre el éxito y el fracaso es mínima, y los jugadores están entrenados para mantener sus emociones bajo control. Los equipos son grupos muy unidos; pasan prácticamente todo el tiempo juntos, desde los entrenamientos de la primavera boreal hasta octubre, en lo que podría describirse como un maratón de 162 partidos.
Por ello, tal vez tenga sentido considerar la celebración tras ganar un banderín o asegurar un lugar en la postemporada como una forma de liberar toda la tensión acumulada, un alivio al saber que la temporada no ha sido en vano.
Es cierto que, en una semana, el equipo podría estar celebrando otro triunfo; pero el final del camino también podría llegar de forma repentina, y es posible que uno no vuelva a ver nunca más a algunos de sus compañeros.
Granderson no cree que las celebraciones sucesivas resten importancia al premio definitivo: la Serie Mundial.
“Es como los cumpleaños”, reflexionó. “Celebramos nuestro primer cumpleaños; ¿es acaso más importante que el decimosexto? ¿O que el vigésimo primero? ¿O que el quincuagésimo? Todos tienen sus momentos especiales”.
McLaughlin coincide con esta idea, aunque añade un matiz:
“Lo fundamental es que, al ganar cada serie, recibes en el terreno de juego una gorra y una camiseta que te acreditan como campeón de división o de la Liga Americana; los jugadores las desean muchísimo”, comentó. “Pero, cuando consigues una que dice ‘campeón mundial’, ya ni siquiera sabes dónde quedaron las otras”.
Sin embargo, podría haber una excepción.
En 2004, los Red Sox barrieron a los St. Louis Cardinals por 4-0 para ganar su primera Serie Mundial desde 1918, poniendo fin a la llamada «Maldición del Bambino», que duró 86 años. Pero McLaughlin recuerda que esa no fue la mayor celebración de aquella postemporada.
De hecho, ocurrió en la ronda anterior, cuando lograron remontar una desventaja de 3-0 frente a sus más acérrimos rivales —los molestos Yankees— y sentenciaron la serie en Nueva York. Fue la primera vez —y sigue siendo la única— que un equipo de la MLB ha logrado salir de un hoyo tan profundo.
Esa fue la celebración que todos recuerdan de 2004.
Esa fue también la temporada en la que, según cuenta David Ortiz, él mismo introdujo la idea de usar gafas protectoras entre sus compañeros de los Red Sox.
Ahora, cuando cualquier jugador de béisbol eche la vista atrás hacia las mejores noches de su carrera, es de esperar que recuerde lo bien que se veía todo, incluso si necesitaba gafas protectoras para poder verlo.
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