La tarde, la mano de Dios, el pie y la eternidad ...Middle East

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La tarde, la mano de Dios, el pie y la eternidad
Ilustración de Diego Armando Maradona creada con IA/Copilot

La del 22 de junio de 1986 no fue una tarde cualquiera. Fue una tarde en la que el fútbol dejó de obedecer su condición de juego para volverse memoria, herida, revancha, belleza, superstición, lenguaje y país.

En el Estadio Azteca, Argentina e Inglaterra no jugaron solamente un partido de cuartos de final. Jugaron la sombra todavía caliente de una guerra, la respiración abierta de Malvinas, el orgullo de un pueblo que necesitaba decir algo con el cuerpo, y encontró en Maradona una forma de hacerlo. En ese campo, bajo ese sol, el fútbol dejó de ser únicamente un deporte y se convirtió en una forma de la historia.

    Diego Armando Maradona entró a esa tarde como entran los nombres destinados a quedarse. No parecía un futbolista, sino una fuerza del relato. Lo rodeaba una intensidad difícil de clasificar: picardía, intuición, descaro, brillo, una especie de desobediencia natural que le salía del cuerpo antes que de la voluntad. Y entonces apareció la voz de Víctor Hugo Morales, que no narró la jugada como quien informa un hecho, sino como quien asiste a una revelación. “Barrilete cósmico”, dijo, y desde entonces esa frase dejó de ser una metáfora para convertirse en una puerta. Una puerta al mito.

    La primera abertura de esa tarde fue la mano. Maradona saltó junto a Peter Shilton, tocó la pelota con el puño izquierdo y el árbitro no vio lo que después vería medio planeta. La jugada quedó grabada como la Mano de Dios, una expresión que no intenta explicar la escena, sino agrandarla, volverla más honda, más ambigua, más imposible de ordenar del todo. Maradona, después, dio la frase justa, la que ya no pertenece al comentario sino al altar popular: “un poco con la cabeza de Maradona y un poco con la mano de Dios”. Ahí quedó todo él. La calle, la astucia, la fe torcida, el humor de barrio, la manera argentina de contar aquello que no se quiere nombrar del todo.

    Eduardo Sacheri ha leído ese momento con precisión: no como una venganza premeditada, sino como un arrebato que, por el peso de Malvinas, terminó adquiriendo una dimensión mayor. Inglaterra no era sólo Inglaterra. Era el recuerdo de una derrota, la herida de una nación, el lugar donde el fútbol tomó la forma de una revancha emocional. En el imaginario argentino, jugar contra los ingleses no era sólo jugar contra once hombres; era jugar contra una historia más grande, contra una humillación reciente, contra la violencia de una guerra que había dejado marcas en el cuerpo del país.

    Y entonces, cuatro minutos después, llegó el pie. Con él llegó otra clase de estremecimiento. Maradona tomó la pelota en su propio campo y arrancó hacia adelante como si el terreno le perteneciera por derecho secreto. Fue dejando rivales atrás con una naturalidad que todavía parece irreal cuando uno vuelve a ver la jugada. Beardsley, Reid, Butcher, Fenwick, Shilton otra vez. La cancha se fue vaciando a su alrededor no porque desaparecieran los ingleses, sino porque la corrida iba dejando atrás todo lo que no podía seguir su ritmo. Cuando definió, ya no era sólo un gol. Era una forma de pasar por el mundo sin pedir permiso.

    La FIFA lo reconoció después como el mejor gol de la historia de los Mundiales, y esa decisión suena menos a premio que a constatación. Porque ahí no se trató únicamente de técnica. Se trató de algo más difícil de atrapar: la unión exacta entre intuición, velocidad, descaro y belleza. Un gol que no sólo se mira, sino que se recuerda como se recuerdan los hechos que nos cambian la percepción de las cosas. Maradona no hizo una jugada perfecta; hizo algo más raro: volvió visible una clase de genialidad que sólo aparece de tarde en tarde en la historia del fútbol.

    La foto de Alejandro Ojeda Carbajal atrapó la mano en el momento exacto y volvió verificable lo que el relato ya había vuelto inmortal. La cámara vio lo que el árbitro no vio. La imagen quedó como prueba, pero también como otra capa del mito. En esa tarde, la voz y la fotografía trabajaron juntas para fijar un instante que ya no le pertenece a un solo país ni a una sola memoria. Lo mismo ocurrió con la narración mexicana de Roberto Hernández Jr., “Don Rober”, que puso su garganta al servicio de aquel asombro y le dio al episodio otra respiración, otra patria sonora.

    Los escritores entendieron rápido que aquel partido no se podía leer sólo como deporte. Eduardo Galeano habló del “gol del ladrón” y del “gol del malabarista”, y en esa fórmula cabía una intuición exacta: Maradona había reunido dos formas de inmortalidad en el mismo cuerpo. Osvaldo Soriano, en Maradona sí, Galtieri no, contrapuso la épica del fútbol con la mediocridad de la dictadura, como si el país necesitara entender que hay partidos que también discuten con la historia. Hernán Casciari, en 10.6 segundos, convirtió la corrida en una meditación sobre el tiempo, sobre cómo un instante puede ensancharse hasta volverse país. Roberto Fontanarrosa, con su lucidez de humorista y de hombre que conoce las emociones populares, dejó una frase que sigue siendo exacta: no importa tanto lo que Diego hizo con su vida, sino cuánto cambió la nuestra. Luciano Wernicke llamó a la Mano de Dios “la mayor oda a la trampa”, y ahí está otra verdad incómoda, porque el fútbol también vive de lo que no se quiere admitir del todo. Y Jorge Valdano, siempre atento al costado humano del genio, ha señalado que en Maradona convivían la brillantez y la falta, la desmesura y la creación, sin que una borrara a la otra.

    Por eso ese partido no se agota en dos goles. Porque lo que quedó ahí no fue solamente un marcador, sino una figura moral, estética y popular. Maradona quedó dibujado como un héroe latinoamericano de esos que no caben en la versión limpia del mundo. Un hombre capaz de lo más alto y de lo más bajo en cuestión de minutos. No por eso menor, sino más complejo. No por eso menos admirable, sino más vivo. Su grandeza no está en haber sido impecable, sino en haber sido irrepetible. En haber llevado el error y la belleza dentro del mismo impulso.

    La tarde también quedó inscrita en México, donde aquella transmisión fue una experiencia compartida y no sólo una noticia internacional. El Azteca fue escenario, sí, pero también templo. Y en los templos no sólo importa lo que pasa: importa quién lo cuenta y cómo queda en la garganta. Víctor Hugo Morales le dio a la jugada su respiración mítica; Ojeda Carbajal le dio su cuerpo visible; “Don Rober” le dio su eco mexicano. Entre esas tres formas de fijar el instante, la jugada dejó de ser un evento y pasó a ser una permanencia.

    Y aunque el Gol del Siglo sigue siendo un original sin sustituto, hay otro gesto que lo acompaña en la memoria sin disminuirlo. Muchos años después, Messi hizo en el Barcelona una de esas corridas que obligan a mirar de nuevo hacia esa genealogía secreta de los hombres que arrancan desde atrás y convierten el campo entero en una sola línea de fuga. No es la misma jugada, ni la misma época, ni el mismo mundo. Pero hay algo reconocible: el arranque desde atrás, la cancha convertida en territorio conquistado a pura conducción, la sensación de que un jugador puede arrastrar el partido entero consigo. Maradona lo hizo con una ferocidad casi primitiva, con un desorden que era al mismo tiempo inteligencia pura. Messi lo ha hecho con otra música, con una precisión más quieta, más limpia, más contenida. Uno y otro pertenecen a esa familia rara de los gestos que no envejecen. El de Maradona seguirá siendo el Gol del Siglo. El de Messi confirma que hay caminos del fútbol que vuelven a abrirse, sin imitarse, como si la historia insistiera en recordarnos que ciertas jugadas no mueren: se trasladan.

    Tal vez por eso seguimos volviendo a esa tarde. Porque allí se juntaron la guerra, la voz, la foto, la mano, el pie, la belleza y la memoria. Porque Maradona convirtió un partido en una forma de permanencia. Porque el fútbol, cuando alcanza esa altura, deja de ser sólo competencia y se vuelve relato, herencia, emoción compartida. Y porque hay días que no terminan nunca: se quedan viviendo en la lengua de un pueblo, en la imagen de una cámara, en la garganta de un narrador y en la respiración de quienes todavía siguen mirando cómo una pelota, a veces, logra tocar la eternidad.

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