Desde Minneapolis hasta Irán, la estrategia de Trump se basa en la coacción, no en la persuasión ...Middle East

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Desde Minneapolis hasta Irán, la estrategia de Trump se basa en la coacción, no en la persuasión

Análisis de Ronald Brownstein, CNN

Las guerras por elección propia, en casa y en el extranjero, se han convertido en la característica definitoria del tumultuoso segundo mandato del presidente de EE.UU., Donald Trump.

    De Minneapolis y Los Ángeles a Caracas y Teherán, instigar conflictos con adversarios percibidos se ha convertido en el principal medio de Trump para perseguir sus objetivos internos e internacionales. Ha desplegado fuerza militar en Irán, Venezuela y al menos otros cinco países; lanzó guerras comerciales contra naciones de todo el mundo; ordenó redadas de control inmigratorio militarizadas en grandes ciudades gobernadas por demácratas; presionó al Departamento de Justicia para iniciar procesamientos penales federales contra individuos e instituciones que considera sus adversarios; y apoyó desafíos en las primarias contra republicanos del Congreso que se le han enfrentado.

    De todas estas maneras, Trump ha puesto de cabeza el famoso consejo del politólogo Richard Neustadt, quien escribió en un libro clásico de 1960 que el poder presidencial central “es el poder de persuadir”. Trump ha gobernado como si creyera que el poder presidencial central, y quizá el único relevante, es el poder de coaccionar.

    Quienes simpatizan con el enfoque de Trump creen que simplemente está aprovechando todos los enormes poderes de la presidencia de maneras que sus predecesores no lo harían, en particular para defender los intereses de Estados Unidos en todo el mundo.

    “Nadie puede leer la mente del presidente, eso está claro”, dijo Nadia Schadlow, una asesora adjunta de Seguridad Nacional durante el primer mandato de Trump que ahora es investigadora sénior en el Hudson Institute. “Pero ciertamente parece que está absolutamente dispuesto a utilizar todas las formas de influencia de todas las maneras diferentes, incluidas maneras asimétricas, y no está limitado por procesos que a menudo han restringido a presidentes anteriores”.

    Pero los críticos de Trump creen que los límites de su estrategia confrontacional se están volviendo más evidentes a medida que enfrenta una resistencia inesperadamente eficaz de objetivos tan diversos como el Gobierno de Irán y los ciudadanos comunes de Minneapolis que se opusieron a su ofensiva de control inmigratorio. Trump está aprendiendo que incluso con el martillo más grande del mundo, a veces los clavos pueden responder.

    “A primera vista, parece una fuerza dominante, titánica […] está en el puente del barco y está dando órdenes, y la respuesta inicial parece ser que está logrando acción”, dijo el politólogo Lawrence Jacobs, director del Centro de Estudios sobre Política y Gobernanza en la Universidad de Minnesota. “Pero ahora estamos en un punto en el que podemos mirar cuáles son los efectos y resultados de lo que está haciendo. Y lo que estoy viendo ahora son mucho más las limitaciones de su enfoque”.

    Escriba la frase “Trump amenaza” en cualquier motor de búsqueda y los resultados se desbordan. En el léxico de Trump, rara vez pide; en cambio, exige. Y esas exigencias casi siempre están respaldadas por amenazas de consecuencias catastróficas para cualquier individuo o institución que se resista. Cada día en la administración Trump se siente un poco como la icónica escena del bautismo en “El padrino” cuando Michael Corleone entona: “Hoy arreglo todos los asuntos de la familia”. En apenas las últimas semanas, Trump ha señalado que Estados Unidos reconsiderará su papel en la OTAN si los miembros de la alianza no brindan el apoyo que él exige para reabrir el estrecho de Ormuz; se comprometió a “cortar todo comercio” con España por negarse a permitir el uso de sus bases militares en la guerra; advirtió a Cuba que pretende reemplazar a su Gobierno mediante presión militar o económica; elogió a su combativo presidente de la FCC, Brendan Carr, por amenazar las licencias de radiodifusión de medios que cubren la guerra con Irán de maneras que a la administración no le gustan; informó al Congreso que no firmará ninguna otra legislación hasta que el Senado elimine el filibusterismo para aprobar restricciones nacionales al voto; viajó a Kentucky para respaldar a un rival en las primarias contra el representante Thomas Massie, el republicano de la Cámara que con mayor constancia se le opone; y, por supuesto, se unió a Israel para lanzar una campaña de bombardeos sin precedentes contra Irán después de que este rechazara sus exigencias durante las negociaciones.

    A lo largo de sus dos mandatos, Trump se ha retractado lo suficiente de algunas de sus amenazas —en particular sobre aranceles— como para inspirar el meme TACO: la idea de que, aunque habla duro, Trump Always Chickens Out (Trump siempre se acobarda). Pero, como deja claro la lista anterior, la suposición de que Trump siempre cede es una ilusión reconfortante para sus críticos. Trump ha provocado repetidamente confrontaciones internas e internacionales que sus predecesores evitaron.

    El enfoque singularmente confrontacional de Trump hacia el cargo es producto de su experiencia personal y del contexto institucional de su presidencia. Desde su aprendizaje en el sector inmobiliario de Nueva York, Trump siempre se ha comportado como si considerara que toda negociación es una contienda de suma cero que solo un lado puede ganar. A lo largo de su carrera empresarial, trató la ley menos como una guía para limitar la conducta que como un obstáculo a superar, o un arma a movilizar. Trump llegó a la arena política con un ethos plenamente formado de que el fin siempre justifica los medios, un enfoque que llevaba la impronta de su feroz abogado de larga data Roy Cohn, exasistente mano derecha del senador Joe McCarthy durante el Red Scare (Temor rojo).

    Trump también llegó a la Casa Blanca en medio de una larga reevaluación de los poderes del presidente. Neustadt emitió su famoso dictamen sobre la persuasión en su libro “Presidential Power”, en 1960. Fue un momento en el que el presidente parecía singularmente limitado, en gran medida porque las intratables divisiones internas entre liberales y conservadores dentro de cada partido del Congreso hacían tan difícil aprobar legislación y lo poco que se aprobaba requería interminables compromisos bipartidistas. Esas limitaciones moldearon el pensamiento de Neustadt.

    Pero en las décadas transcurridas desde entonces, los presidentes de ambos partidos han afirmado una autoridad mucho mayor para actuar unilateralmente —mediante decretos, decisiones regulatorias y en la conducción de los asuntos exteriores, incluido el uso de la fuerza militar—. Hoy, la idea de que el poder más eficaz de la presidencia es la capacidad de persuadir “ha evolucionado”, dice Jacobs, quien coeditó un libro de 2000 que reevalúa la teoría de Neustadt. “Hay enormes poderes institucionales, administrativos y formales que los presidentes han asumido y afirmado desde Neustadt. Sería ingenuo decir que el poder presidencial es solo su negociación personal”.

    Incluso dentro de esta larga evolución, Trump representa una ruptura radical. En casi todos los aspectos posibles, ha buscado centralizar más poder en la presidencia y degradar la capacidad del Congreso, los tribunales o los oponentes políticos para frenarlo. Ha ofrecido una visión de la autoridad presidencial que es prácticamente ilimitada. En su primer mandato, declaró famosamente: “Tengo un artículo II (de la Constitución), en el que tengo derecho a hacer lo que quiera como presidente”. El politólogo de la Universidad de Brown Corey Brettschneider, autor de dos libros que exploran el uso que los presidentes hacen de sus poderes, dice que es la combinación de la despectiva actitud personal de Trump hacia las restricciones legales y la creciente fortaleza institucional de la presidencia lo que ha producido una administración tan desatada. “Cuando combinas esa visión amoral del poder con el poder de la presidencia, esa es la combinación letal”, dijo Brettschneider, copresentador del pódcast “The Oath and The Office”, llamado así por uno de sus libros sobre la autoridad presidencial.

    Paul Starr, sociólogo de la Universidad de Princeton y autor de “American Contradiction”, una historia de 2025 sobre el ensanchamiento de las divisiones políticas de Estados Unidos desde la década de 1950, señala un último factor que ha desatado la agresividad de Trump en su segundo mandato: el colapso de las restricciones internas, no solo por parte del Congreso republicano sino dentro de su administración. “Los cuatro años fuera del poder le brindaron la oportunidad de identificar a las personas que le permitirían hacer lo que quería hacer desde el principio”, dijo Starr, “y es una estrategia de conflicto intenso contra todo lo que odia y que cree que su base odia”.

    Una cosa es estar de acuerdo, como ahora lo hacen la mayoría de los politólogos y profesionales de la política, en que la persuasión ya no es el principal poder de un presidente. Otra es concluir, como aparentemente lo ha hecho Trump, que los poderes de coerción del presidente son tan grandes que no necesita hacer más que un esfuerzo simbólico de persuasión.

    Sin embargo, antes de ir a la guerra con Irán, Trump prácticamente no hizo ningún intento por explicar la acción al público estadounidense. Se mostró igualmente desinteresado en solicitar las opiniones de los aliados tradicionales de Estados Unidos más allá de Israel. Incluso cuando Trump buscó ayuda, la semana pasada, tardíamente, de esos aliados para reabrir el estrecho de Ormuz, envolvió la solicitud en una amenaza de que la negativa “será muy mala para el futuro de la OTAN”.

    Tales amenazas se han vuelto rutinarias en Trump II, incluso para los aliados históricos más cercanos de Estados Unidos. Ha amenazado con imponer aranceles punitivos por una larga lista de agravios, desde que Canadá busque un acuerdo comercial con China hasta que las naciones europeas no respalden sus intentos de apoderarse de Groenlandia. Además de los países donde ha usado la fuerza, y las sugerencias ocasionales de que usaría la fuerza para adquirir Groenlandia, Trump también ha amenazado con acción militar unilateral, pese a las objeciones del Gobierno local, contra carteles de la droga en México y Colombia, y ha atacado repetidamente pequeñas embarcaciones en el Caribe que la administración dice que están transportando drogas.

    Incluso algunos de los críticos de Trump reconocen que su presión sobre otros países ha producido algunas concesiones, por ejemplo, términos favorables en nuevos acuerdos comerciales que ha negociado, o acuerdos de países de Centro y Sudamérica para perseguir a los traficantes de drogas con mayor contundencia.

    “Está funcionando porque hemos creado un entorno en el que la gente confió en nosotros durante mucho tiempo y se ha vuelto dependiente de nosotros, y él ha convertido esa dependencia en un arma de una manera que nos da un enorme poder de negociación”, dijo un ex alto funcionario de Seguridad Nacional en una administración demócrata, que pidió no ser identificado.

    “Pero el daño colateral es enorme. Todo el mundo ha concluido que tiene que encontrar la manera de salir de esta relación con Estados Unidos, tanto porque no pueden contar con que EE.UU. los ayude como porque no pueden permitirse ser tan vulnerables a la coerción estadounidense”. Para los críticos de Trump, la guerra con Irán resume los límites de su enfoque. Si bien la campaña de bombardeos ha diezmado el liderazgo de Irán y degradado su capacidad militar, argumentan, hasta ahora ha fracasado en el objetivo estratégico de desalojar al régimen o moderar su comportamiento; en cambio, las maniobras exitosas de Irán para interrumpir el transporte marítimo de petróleo han demostrado que incluso la fuerza militar más poderosa puede ser vulnerable a respuestas asimétricas. Y el brusco rechazo de los aliados a las tardías súplicas de Trump para que ayudaran a proteger los suministros de petróleo muestra el precio de menospreciar de manera tan constante esas relaciones.

    Schadlow coincide en que Trump ve menos valor que presidentes anteriores en la consulta por sí misma. “Parece irritarse ante la idea de que deba cambiar sus objetivos, de que EE.UU. deba cambiar sus objetivos, en aras de lograr mayor adhesión de otros países”, dijo.

    Pero dice que los críticos se apresuran al concluir que este enfoque debilitará la posición internacional de Estados Unidos. Por un lado, dijo, la disposición de Trump a usar la fuerza de manera tan enérgica significa que “probablemente sea justo decir que la disuasión [estadounidense] en muchos aspectos se ha restaurado. Durante muchísimo muchísimo tiempo, se había degradado”.

    El balance, dice, sobre el enfoque de Trump hacia las relaciones internacionales está inconcluso. “El problema ahora es que todos reaccionan de una manera muy cortoplacista y táctica”, dijo Schadlow. “En un sentido más amplio estamos viendo una reconfiguración que está teniendo lugar, en el comercio, en las relaciones de defensa y en cierto modo también en las alineaciones políticas. Todo se está desarrollando ahora”.

    En comparación con sus tratos con aliados internacionales, Trump ha mostrado aún menos interés en negociar o consultar con demócratas en estados y ciudades azules. En cambio, ha intentado presionarlos con un amplio arsenal de técnicas coercitivas, incluidos sus masivos operativos de control inmigratorio militarizados; el despliegue real o intentado de la Guardia Nacional en varias ciudades gobernadas por demócratas (hasta que la Corte Suprema de EE.UU. lo detuvo); intentos de cortar la financiación federal para prácticamente toda actividad doméstica importante a las jurisdicciones que se niegan a adoptar políticas conservadoras sobre diversidad, derechos transgénero e inmigración; e investigaciones penales de múltiples funcionarios demócratas (incluidos el gobernador de Minnesota, Tim Walz, y el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey).

    Instituciones como bufetes de abogados, universidades y organizaciones de medios que Trump considera alineadas con el EE.UU. opositor han recibido el mismo trato de mano dura mediante sus medidas para negarles subvenciones y contratos gubernamentales o para someterlas a investigaciones federales. Trump ha hecho algunas concesiones legislativas a los republicanos del Congreso. Pero ha sido casi igual de duro con los pocos de ellos que han mostrado independencia respecto de él.

    Medido frente a los propios objetivos de Trump, dice Starr, este enfoque beligerante ha tenido sin duda éxito en algunos aspectos, aunque a un costo muy alto. “Ha funcionado para dominar al Partido Republicano —y al dominar al Partido Republicano ha podido imponer a la fuerza una gran cantidad de cambios”, dijo Starr. “Pero este patrón de gobernar mediante el conflicto es desastroso para el país. Está avivando todas las divisiones que existen y haciendo más difícil que nuestras instituciones políticas y la vida cotidiana funcionen en este país”.

    Como en Irán, el enfoque de Trump también lo ha dejado vulnerable a una resistencia asimétrica en casa. Los oponentes han trabado muchas de sus maniobras hostiles (como los recortes de financiación amenazados para estados y ciudades demócratas) en tribunales federales inferiores, y aunque la Corte Suprema por lo general se ha puesto de su lado, los magistrados también han invalidado algunas de sus medidas más agresivas. Un obstáculo aún mayor para Trump ha sido la oposición de los estadounidenses comunes. En un ejemplo clásico de conflicto asimétrico, la resistencia decidida de ciudadanos corrientes en Minneapolis, armados solo con silbatos y teléfonos inteligentes, finalmente obligó a Trump a retirarse de su redada de control inmigratorio allí después de que fuerzas federales mataran a dos ciudadanos estadounidenses. Aunque los agentes inmigratorios de Trump en Minneapolis contaban con un poder de fuego incalculablemente mayor que el de los manifestantes, no pudo traducir esa ventaja táctica en una victoria política —una dinámica que, en términos generales, presagiaba su dilema en Irán.

    Brettschneider dice que la presión pública que obligó a Trump a dar marcha atrás en Minneapolis muestra que no hay garantía de que sus técnicas coercitivas le permitan consolidar plenamente el poder de una manera que socave el sistema democrático de la nación. Pero, dice, los contratiempos de Trump hasta ahora tampoco son garantía de que fracase. “Esa visión del poder no siempre funciona”, dijo Brettschneider. “Si amenazas a la gente, a veces se defiende. Pero ¿funcionará al final? Ojalá pudiera decir que no, pero estamos en un momento frágil”.

    Lo que está claro es que, aunque Trump, como en Minneapolis, pueda verse obligado a reveses tácticos, su determinación de subyugar a quienes considera adversarios en casa y en el extranjero permanece intacta. Jacobs, el politólogo, dice que Trump tiene razón en que el presidente sí dispone de “un arsenal impresionante de poderes”, pero aun así está atrapado en una “ilusión” de que esos poderes le permiten imponer sus preferencias, en el ámbito nacional o internacional.

    “Esos poderes formales no se traducen en control”, dijo Jacobs. “De hecho, bien pueden traducirse en atolladeros, vulnerabilidades y contratiempos históricos, y creo que lo estamos viendo ahora mismo con Irán”.

    Los presidentes más eficaces, continuó Jacobs, inevitablemente reconocen que un pilar del análisis de Neustadt sigue siendo indiscutible: pese a todo el poder impresionante del cargo, incluso el presidente debe construir consenso dentro del sistema político (y global) para lograr un éxito duradero. “Eso nunca ha ocurrido con Donald Trump”, dijo Jacobs. “Va pasando de un momento imperial a otro”. La guerra con Irán es el más reciente, pero seguramente no el último, de los “momentos imperiales” de Trump en desencadenar ondas de choque en todo el país y el mundo.

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