Fue violinista virtuoso, compositor, director de orquesta, teórico musical, inventor, investigador de la acústica y apasionado de las matemáticas. Pero, sobre todo, fue un hombre que buscaba donde los demás Estaban convencidos de que no había nada.
Mientras el mundo de la música seguía trabajando dentro de las mismas doce notas que habían gobernado la tradición occidental durante siglos, Carrillo se atrevió a formular una pregunta que parecía simple y, sin embargo, contenía una revolución entera:
¿Qué hay entre una nota y otra?
La respuesta a esa pregunta terminaría convirtiéndose en una de las aportaciones más originales que haya producido México en el terreno de la música: el Sonido 13.
Nacido en 1875 en Ahualulco, San Luis Potosí, y último de 19 hermanos, Carrillo llegó a la música cantando en el coro de la iglesia de su pueblo. Su talento llamó pronto la atención de sus maestros, que impulsaron su formación hasta llevarlo al Conservatorio Nacional de Música. Allí ocurrió algo que definiría el resto de su vida: además de estudiar composición y violín, se fascinó con la física, la acústica y las matemáticas.
La revelación llegó en 1895.
Mientras experimentaba con las cuerdas de un violín, comenzó a dividir los intervalos musicales en fracciones cada vez más pequeñas. Con ayuda de una navaja y una paciencia casi científica, descubrió que entre dos notas que la teoría tradicional consideraba consecutivas existían muchos más sonidos de los que los músicos acostumbraban utilizar. No uno ni dos. Decenas.
Aquella observación lo llevó a una conclusión audaz: la escala musical occidental no era el final del camino, sino apenas una posibilidad entre muchas.
Carrillo bautizó su descubrimiento como Sonido 13. El nombre ha generado confusión durante más de un siglo. No se refería a una misteriosa decimotercera nota escondida en el piano. Era una declaración filosófica. Si la música occidental había vivido durante siglos dentro de un sistema de doce sonidos por octava, el Sonido 13 representaba todo lo que existía más allá de esos límites. Era una invitación a explorar territorios sonoros desconocidos.
La idea era tan radical que parecía pertenecer más a un laboratorio que a una sala de conciertos.
Carrillo desarrolló sistemas de notación completamente nuevos, escribió más de una veintena de libros sobre sus investigaciones y diseñó instrumentos especiales capaces de interpretar intervalos imposibles para los pianos convencionales. Mandó construir pianos de cuartos, octavos y hasta dieciseisavos de tono, además de promover orquestas dedicadas a interpretar esta nueva música. Mientras otros compositores buscaban nuevas melodías, él intentaba ampliar el propio vocabulario del sonido.
La recepción fue desigual. Para algunos era un visionario que había abierto una puerta hacia el futuro. Para otros era un idealista obsesionado con una idea impráctica. Sin embargo, el tiempo terminó dándole un lugar entre los pioneros de la música microtonal, una corriente que décadas después influiría en compositores experimentales de Europa y Estados Unidos.
Pero reducir a Carrillo solo a su búsqueda del sonido 13 sería injusto.
Gracias a una beca otorgada por Porfirio Díaz estudió en Leipzig, una de las capitales musicales de Europa. Destacó como violinista, dirigió orquestas, compuso sinfonías, misas, obras de cámara y ejerció una profunda influencia en la vida musical mexicana de la primera mitad del siglo XX.
Quizá el episodio más sorprendente de su biografía ocurrió en 1950, cuando fue nominado al Premio Nobel de Física. Resulta una anécdota extraordinaria: un músico aspirando a uno de los mayores reconocimientos científicos del mundo. Sin embargo, para Carrillo no existía una frontera clara entre arte y ciencia. Su trabajo sobre frecuencias, vibraciones y proporciones matemáticas era, en esencia, una investigación sobre la naturaleza misma del sonido.
Murió en 1965, a los 90 años. No alcanzó a ver una revolución musical construida sobre sus teorías.
Hoy, cuando compositores y músicos exploran afinaciones alternativas, sintetizadores digitales y universos sonoros impensables hace un siglo, la figura de Julián Carrillo resulta menos extraña.
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