Ensenada, la ciudad que produjo a Isaac del Toro ...Middle East

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Isacc del Toro vistiendo el mallón rosa, en una pose característica de él al llegar a la meta (Foto: AP).

¿Qué tiene Ensenada que produjo a un ciclista capaz de disputar las carreras más importantes del mundo?

A primera vista, no parece el sitio donde uno esperaría encontrar a un aspirante al Giro de Italia o al Tour de Francia.

La ciudad vive de cara al Pacífico. Su identidad está más asociada con la pesca, el comercio fronterizo y los viñedos del Valle de Guadalupe que con las carreteras que forman parte de la mitología del ciclismo europeo. Los Alpes, los Dolomitas y los Pirineos están, literalmente, a un océano de distancia.

Y, sin embargo, fue ahí donde nació Isaac del Toro.

Su ascenso plantea una pregunta interesante. No solamente cómo llegó a la élite, sino por qué surgió precisamente en un lugar que rara vez aparece en los relatos tradicionales de este deporte.

Durante décadas, México produjo corredores valiosos, pero nunca logró establecer una presencia constante en las grandes vueltas. Para la mayoría de los jóvenes ciclistas mexicanos, el problema no era únicamente el talento. También era la distancia, el acceso y la falta de una ruta clara hacia Europa.

Del Toro creció dentro de esa realidad.

Sus padres, aficionados al ciclismo, lo familiarizaron con la bicicleta desde muy pequeño. Practicó distintas disciplinas antes de encontrar su camino. A los diez años comenzó a entrenar con José Ascensión Acevedo, conocido en Ensenada como Don Chón, un mecánico que dedicó años a formar niños ciclistas.

Los recuerdos de esa época están lejos de la imagen que suele acompañar a las futuras estrellas del deporte. Después de los entrenamientos, los niños terminaban compartiendo palomitas compradas en una tienda del barrio. Don Chón recuerda a Isaac como un muchacho disciplinado y tranquilo. Lo llamaba “Cara de Chabelo chiquito” por su sonrisa.

Nada de eso parecía anunciar que algún día vestiría la maglia rosa.

Esa naturalidad sigue apareciendo en sus respuestas. Cuando recientemente le preguntaron qué otro deporte se le daba bien además del ciclismo, respondió entre risas:

“Yo diría que ninguno otro”.

La respuesta quizá no diga mucho sobre sus capacidades atléticas, pero sí sobre la forma en que se percibe. No habla como alguien empeñado en construir una imagen mítica e inalcanzable.

Durante años, su futuro tampoco estuvo garantizado.

Como muchos jóvenes latinoamericanos que aspiran al profesionalismo, tuvo que salir de casa para intentar hacerse un lugar en un entorno completamente distinto. Primero llegó la experiencia con A.R. Monex y después los años de adaptación en Europa. Había que acostumbrarse al idioma, al clima, a otra cultura y a un pelotón que desconocía por completo su lugar de origen.

Pero la adaptación no fue solamente deportiva.

También apareció algo para lo que no parecía estar bien preparado: la atención pública.

Cuando se le preguntó por la fama que llegó después del Giro, respondió:

“Cuando uno piensa en ser ciclista nunca, por lo menos en mi caso, había pensado en la fama”.

Luego añadió:

“Simplemente nunca le había prestado atención”.

No estaba hablando de entrenamientos ni de resultados. Hablaba de entrevistas, cámaras y reconocimiento público.

Durante una entrevista reciente comentó que había visto cómo las cosas habían cambiado durante el último año. Lo dijo sin entusiasmo ni queja. Más bien como alguien que todavía está tratando de entender lo que le está ocurriendo.

En 2023 ganó el Tour de l’Avenir, la carrera que funciona como una referencia casi obligatoria para medir a las futuras figuras del ciclismo. La victoria lo colocó en el radar internacional y aceleró su llegada al UAE Team Emirates.

Quienes lo observaban en aquellas carreras juveniles empezaron a notar algo difícil de transmitir únicamente con resultados.

Del Toro no destacaba por maniobras espectaculares ni por una agresividad descontrolada. Lo que llamaba la atención era la manera en que su potencia aparecía cuando la carretera llegaba a etapas decisivas.

En la etapa reina del Tour de l’Avenir de 2023, con final en el Col de la Loze, una subida de más de 23 kilómetros considerada una de las más exigentes del ciclismo moderno, fue reduciendo poco a poco el grupo de favoritos hasta quedarse únicamente con los mejores escaladores de su generación. A varios kilómetros de la meta impuso su propio ritmo y terminó derrotando al estadounidense Matthew Riccitello en la cima. Aquella actuación convenció a muchos directores deportivos de que estaban viendo algo más que una promesa mexicana.

La imagen se repetiría dos años después en el Giro de Italia. Durante la etapa de caminos de grava rumbo a Siena, Del Toro atacó varias veces sobre sectores donde otros corredores apenas intentaban sobrevivir. Cada aceleración producía el mismo efecto: el grupo se estiraba, algunos perdían contacto y sólo permanecían cerca los más fuertes. Wout van Aert fue uno de los pocos capaces de seguirlo aquella tarde. Del Toro no ganó la etapa, pero terminó vestido con la malla rosa.

Quizá la mejor descripción de su forma de correr llegó días después, en la etapa que terminaba en Bormio. Tras resistir los ataques de Richard Carapaz en el Mortirolo, esperó pacientemente hasta la subida final de Le Motte. Entonces cambió el ritmo. Primero alcanzó a los escapados. Después soltó a Romain Bardet. Luego a Carapaz. Lo que parecía una jornada de defensa terminó convertida en una demostración de fuerza. Los cronistas italianos describieron aquella aceleración como devastadora.

Visto desde la televisión, la sensación suele ser la misma. Del Toro no parece más grande ni más espectacular que sus rivales. Simplemente llega un momento en el que los demás empiezan a sufrir antes que él.

Lo que ocurrió después fue todo a gran velocidad.

Empezó a ganar carreras.

Empezó a competir con corredores de renombre.

Y en 2025 apareció una imagen que durante mucho tiempo habría parecido improbable: Isaac del Toro liderando el Giro de Italia.

La novena etapa de aquella edición lo convirtió en el primer mexicano en vestir la maglia rosa como líder de una gran vuelta. Más adelante ganaría una etapa y terminaría segundo en la clasificación general.

Lo llamativo es que él nunca pareció interpretar ese momento de la misma forma que buena parte del público.

Meses después recordó aquellos días con una frase sencilla:

“Yo estaba de líder, pero no estaba ganando la carrera”.

No sonó a falsa modestia. Sonó a la forma en que realmente veía su situación mientras ocurría.

Para muchos aficionados, su actuación parecía encaminarse hacia una victoria histórica. Del Toro entendía que la carrera era algo que todavía estaba en disputa.

La derrota en la penúltima jornada fue recibida en México con una mezcla de orgullo y decepción. Él la describió de manera mucho más directa.

“Yo perdí el último día, pero en mi cabeza no era como que yo estuviera ganando hasta el último día”.

Quizá lo más interesante no sea la frase en sí, sino la ausencia de dramatismo. No habló de una oportunidad arrebatada ni de una injusticia deportiva. Habló de perder, que es algo que les ocurre a todos los corredores todos los días.

En otro momento de la entrevista lo explicó de forma todavía más clara:

“He ganado 15. Entonces, ¿cuántas he perdido? Creo que muchas más”.

Y luego agregó:

“Es normal perder”.

A los 21 años, cuando los deportistas suelen dedicar mucho esfuerzo a proteger su imagen, Del Toro parece más cómodo hablando del proceso que del resultado.

Tal vez por eso resulta difícil encajarlo completamente en los relatos que suelen acompañar a las figuras emergentes. Su historia contiene elementos extraordinarios, pero él rara vez los presenta de esa manera.

Después de una temporada que lo convirtió en una de las caras nuevas del ciclismo mundial, le preguntaron qué venía después.

Su respuesta fue bastante menos grandiosa de lo esperado.

“Tengo que descansar un poco la cabeza, no comérmela.”

Luego añadió:

“Soy muy joven”.

Mientras el ciclismo ya discute hasta dónde puede llegar, él parece seguir ocupado en algo más inmediato: descansar, volver a entrenar y tratar de ser un poco mejor el año siguiente.

Ese enfoque, más que cualquier resultado, puede ser la pista más útil para entender quién es Isaac del Toro.

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