Análisis por Mario González, CNN en Español
El jueves 11 de junio, tras la inauguración de la Copa del Mundo en la Ciudad de México, los mexicanos salimos a festejar el triunfo de la selección nacional frente a Sudáfrica como si se tratara del partido por el campeonato. Una ola de decenas de miles de aficionados inundó las principales calles y avenidas de la capital en una fiesta que personalmente jamás había visto, ni siquiera en el Mundial de 1986 que me tocó vivir en la adolescencia.
Esto era algo distinto, masivo, catártico, algo como si todos, al mismo tiempo, saliéramos de un largo encierro por una pandemia, como la que vivimos hace unos años.
El secretario de Gobierno de la Ciudad de México, César Cravioto, me dijo que al menos fueron unas 500.000 personas que salieron a festejar en el FanFest que se instaló en la explanada del Zócalo, más los aficionados que —como es tradición— se apostaron para bailar y cantar en el Ángel de la Independencia, en avenida Reforma. Esto, sin contar los otros 16 festivales donde se vio el partido gratuitamente (uno por alcaldía), más los casi 90.000 que asistieron al Estadio Ciudad de México, antes Estadio Azteca, que, por cierto, alcanzó la categoría de “mítico” al albergar por tercera vez una inauguración mundialista. Pero el Mundial se vio en todo el país, en plazas públicas, comercios y, por supuesto, hogares mexicanos.
Parecía que el triunfo de la selección era solo un pretexto para salir a festejar que finalmente, y después de tanta especulación e incertidumbre, sí se pudo, sí pudimos con el reto de organizar el tercer Mundial en la historia de México y así imponer una marca: un país tres veces mundialista (1970, 1986 y, 40 años después, 2026); un estadio tres veces sede de una inauguración mundialista; una selección con la mayor cantidad de juegos de apertura (ocho en total), siendo este el primero que logra ganar.
Para entender este sentimiento de fiesta y catarsis, hay que hablar del contexto en el que se desarrolló la inauguración, con protestas sociales que iban desde la presencia de cientos de docentes de varios estados del país, que amenazaban con boicotear el evento en demanda de derechos laborales; colectivos de familiares de personas desaparecidas que querían hacer visible ante el mundo la tragedia de las más de 130.000 desapariciones en México; extrabajadores del Poder Judicial que exigían el pago de sus indemnizaciones; trabajadoras sexuales que protestaban por el desplazamiento que sufrieron por las obras de remodelación de espacios públicos para el Mundial, y muchas otras problemáticas sociales que encontraron en el evento un buen momento para hacerse visibles.
Era todo un coctel que amenazaba la organización del Mundial, a tal grado que, incluso en la misma mañana del jueves, no estaba plenamente garantizada la apertura del festival futbolero en el Centro Histórico, hasta que la presidenta Claudia Sehinbaum confirmó que sus puertas abrirían antes del evento deportivo. El tema era sensible porque, desde semanas atrás, los contingentes de docentes inconformes habían instalado campamentos en las principales calles de acceso a la plaza central, amenazando con tomarla en señal de presión y protesta. Una noche antes, las negociaciones entre el gobierno federal y la disidencia magisterial habían fracasado, aumentando la incertidumbre.
Pero las protestas continuaron a lo largo de todo el jueves, antes, durante y después de la inauguración. Sin embargo, la efervescencia de los aficionados, más dispositivos policiales ubicados estratégicamente en vías de acceso al estadio y en plazas públicas, permitieron la coexistencia de la fiesta y la protesta. Sí, se registraron algunos enfrentamientos entre manifestantes y policías, sobre todo con los autodenominados grupos anarquistas que vandalizaron algunos negocios e infraestructura urbana.
El mismo día de la inauguración una de las grandes incógnitas era saber dónde estaría la presidenta durante la inauguración del Mundial, después de que la propia mandataria había asegurado que no asistiría al evento.
La incógnita se mantuvo a lo largo de la mañana y, durante su conferencia matutina del mismo jueves, sugirió que posiblemente estaría en el FanFest del Zócalo, así que solamente tendría que abrir la puerta de Palacio Nacional para estar en el evento. Pero no fue así. Horas después, la mandataria publicó en sus redes que estaba en uno de los eventos de la alcaldía Gustavo A. Madero, viendo el partido en compañía de la jefa de Gobierno de la ciudad, Clara Brugada.
Mucho se ha especulado sobre la ausencia de Sheinbaum en la ceremonia de inauguración. Algunos sostienen que fue temor a enfrentar abucheos en el estadio, como ha sucedido tantas veces en el mundo cuando un mandatario se hace presente en este tipo de eventos; para no ir más lejos, hay que recordar la reciente reacción que tuvieron los aficionados cuando el presidente Donald Trump fue a las finales de la NBA, en el Madison Square Garden, en Nueva York. Otros consideran que fue por motivos de seguridad y para no aumentar la presión social durante el evento, y que por eso nunca fue específica sobre el lugar donde estaría.
Sin embargo, la versión de la propia mandataria es que prefería obsequiar su boleto, mediante una rifa, debido al limitado número de entradas y su elevado costo que hacían imposible que muchos mexicanos asistieran al histórico evento.
Y así fue: el boleto numerado con el 001, que la FIFA otorgó a la presidenta, fue sorteado y la ganadora fue la joven Yolett Cervantes, del estado de Veracruz. Fue entregado en un evento en Palacio Nacional el 29 de mayo y, en efecto, la joven de la sierra veracruzana asistió a la ceremonia inaugural.
Durante el evento, también se habló mucho de la presencia de Salma Hayek en lugar de la presidenta. La actriz y productora, también veracruzana, fue la encargada de pronunciar el discurso inaugural, dando la bienvenida al público. Al ser preguntada sobre el tema en su conferencia matutina, la presidenta dijo que Hayek no fue enviada por ella como embajadora en la inauguración, sino que fue una invitación de la FIFA a la actriz. También dijo que le parecía muy bien que Hayek haya representado a México por la importancia de esta mujer en el mundo.
Por supuesto, esto apenas empieza y ya hay muchas cosas que tendrán que irse analizando hacia el futuro, más allá del fútbol. Uno de esos temas es sin duda el monstruo de 1.000 cabezas que representa un Mundial y la forma en que la FIFA impone sus condiciones para realizar este evento. No es un asunto nuevo, pero hoy el gran tema es la política indiscriminada de aumento de precios en las entradas, paquetes de alimentos y otros servicios que hacen que para la mayoría sea inaccesible asistir. También, la forma en que las entradas se pusieron a la venta, privilegiando a unos sobre otros y creando nuevos espacios de venta al público, lo que generaba una falsa impresión de alta demanda. Un tema que está en investigación en Nueva York y Nueva Jersey, que también comprarte la sede mundialista, como lo dieron a conocer hace un par de semanas las fiscales de estas dos ciudades.
Con estas políticas de precios y distribución, se corre el enorme riesgo de separar a la afición del evento que más le apasiona, utilizando lo que implica portar el nombre de un país en una camiseta, que genera sentimientos profundos en los aficionados. Sin duda, es un tema a revisar para los próximos mundiales.
Ya rueda el balón y en tres los tres países de América del Norte, algo también que nunca se había hecho. México y Canadá tendrán solamente 13 partidos por país y Estados Unidos concentrará la mayoría, 78, incluída la final en Nueva Jersey. Por supuesto, en cada país hay polémica por distintos motivos, pero con el ejemplo de México está claro que la afición puede adueñarse del evento, sea donde sea, ya sea en una plaza pública o en algún hogar.
Porque el fútbol en muchos países es mucho más que 22 jugadores persiguiendo una pelota: es un asunto de identidad nacional, de reivindicación, de hacer posible cosas que parecen imposibles, de ver a un chico de un barrio de escasos recursos ir a entrenar todos los días en transporte público con la ilusión de algún día ser parte de un equipo profesional y, por qué no, de la selección de su país.
Es la posibilidad de soñar algún día que esa selección pueda ser campeona del mundo, ya sea por primera vez o por sexta ocasión. Por todo eso, el fútbol tiene esa conexión tan cercana con la gente, tan íntima y, a la vez, tan socialmente compartida.
Yo, por lo pronto, seguiré soñando en que mi selección mexicana logre algún día el añorado campeonato del mundo.
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Sí, se pudo: México abrió el Mundial de fútbol, un deporte del que la afición se adueña más allá de dudas y polémicas News Channel 3-12.
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