Si Octavio Paz hubiera sido director técnico, habría puesto un 4-4-2 con doble contención: una para el ninguneo, otra para el desamparo. El mediocampo sería un pasillo de espejos rotos. El delantero, ese hijo de la Malinche, nacería solo frente al portero. Como siempre.
Este mundial no es como siempre.
Todo es raro. Huele raro. Estados Unidos, México y Canadá organizan juntos. Como si tres enemigos firmaran una tregua para ver quién llora primero. La geopolítica está patas arriba. En medio de ese caos, México inaugura el torneo. Mañana. Contra Sudáfrica.
México abre la fiesta. Hay algo en el aire. Creámoslo o no, este mundial es raro. Todo puede pasar.
Las redes no callan. Circulan cuadros probables. Versiones. Especulaciones. Aguirre dice que ya tiene definido su once. No lo suelta. El amistoso contra Serbia fue el ensayo general.
La versión más repetida en la prensa es esta: Raúl Rangel; Israel Reyes, César Montes, Johan Vásquez, Jesús Gallardo; Erik Lira, Brian Gutiérrez, Álvaro Fidalgo; Roberto Alvarado, Raúl Jiménez, Julián Quiñones. En una versión anterior aparecía Edson Álvarez y un chavo de 17 años: Gilberto Mora. El rumor quedó. El rumor es el primer territorio del mito.
Hay otro detalle que este mundial raro nos regala. La selección mexicana llegará con una base cada vez más internacional. Entre sus nombres más comentados aparecen cinco futbolistas nacidos fuera del país: Álvaro Fidalgo, nacido en España; Julián Quiñones, nacido en Colombia; Brian Gutiérrez y Obed Vargas, nacidos en Estados Unidos; Santiago Giménez, nacido en Argentina. Naturalizados. Dobles nacionalidades. Raíces mexicanas en el extranjero. El fútbol moderno ya no se define solo por el lugar de nacimiento. También por la formación, la identidad deportiva, la decisión de representar a un país.
¿Qué haría Paz con esto? El mexicano que se esconde tras una máscara de hombría y desconfianza ahora recibe al otro. El otro no es el rival. El otro se sienta en el mismo banquillo. La otredad se viste de verde. Paz decía que la salida del laberinto es abrazar al otro. Este mundial, el otro tiene nombre extranjero y escudo mexicano.
El protagonista no es un nombre. Es el mexicano. Pero el mexicano ya no es solo el que nació aquí. También es el que decidió quedarse. El que eligió esta camiseta.
Paz escribió en El laberinto de la soledad (1950, Fondo de Cultura Económica, pág. 43): “El mexicano se esconde tras una máscara de hombría, de tradicionalismo y de desconfianza.”
En la cancha, esa máscara se llama “jugador de clase mundial” que nunca es mundial. El mexicano sale al césped con el mismo disfraz que usa en la oficina, en la fiesta, en el velorio. El estadio es el laberinto. La cancha, el espejo. La selección, once disfrazados de unidad que nunca termina de ser once.
El mexicano le huye a la intimidad. Abrirse ante el compañero es una debilidad. El mediocampo juega de espaldas. El delantero mira al suelo. No se tocan. No se hablan. No se creen.
Cuando el partido se pone difícil, el macho que no se raja termina explotando. Una patada fuera de lugar. Una tarjeta roja infantil. Una declaración prepotente antes del partido. Un silencio de mierda después. El mexicano es hermético. No se abre. No se entrega.
Paz también escribió (pág. 87): “El que ningunea es, paradójicamente, Alguien. El ninguneado es Ninguno.”
En el fútbol, el árbitro nos ningunea. La prensa internacional nos ningunea. El sorteo nos ningunea. Nosotros nos ninguneamos entre nosotros. El que juega en Europa es “vendido”. El de la Liga MX es “corriente”. El técnico es “traidor” o “pendejo”. Nadie es Alguien. Todos somos Ninguno.
Este mundial es raro. Lo raro no es que México juegue. Lo raro es que el mexicano tiene enfrente un partido que no se parece a ningún otro. El rival no es Alemania. No es Brasil. El rival es el quinto partido. El fantasma. La costumbre.
Este año, hasta los fantasmas están confundidos.
Paz decía (pág. 203) que la salida del laberinto es abrazar al otro. El fútbol mexicano siempre ha sido el deporte del “casi”. Casi le ganamos a Holanda. Casi empatamos con Alemania. Casi llegamos. El “casi” es la máscara del fracaso digno. El ninguneo disfrazado de honra.
Este año la máscara se corre un milímetro. Por esa rendija asoma algo diferente. Los veteranos que lo han perdido todo empiezan a mirar al compañero. Los jóvenes empujan desde el banquillo. Y los naturalizados —Fidalgo, Quiñones, Gutiérrez, Vargas, Giménez— no piden permiso para existir. Existen. Juegan. Corren. Sienten el himno con la mano en el pecho. Algunos lo aprendieron de adultos. Todos lo defienden como si lo hubieran mamado.
Paz escribió en el Apéndice (pág. 226): “Si nos arrancamos esas máscaras, si nos abrimos, si, en fin, nos afrontamos, empezaremos a vivir de verdad. Nos aguardan una desnudez y un desamparo. Allí, en la soledad abierta, nos esperan las manos de otros solitarios.”
Eso es el fútbol. Once solitarios que estiran las manos y se tocan. Por un rato, ya no están solos. La pelota deja de ser un objeto. Se vuelve un lazo.
No sabemos si México ganará. La posibilidad ya cambió algo. El mexicano que se atreve a imaginar un final feliz dejó de ser Ninguno. Por un instante, fue Alguien.
Mañana, el estadio será un laberinto. Once tipos saltarán al césped. Quizás con el cuadro que todos imaginan. Quizás con uno que nadie vio venir. El mexicano —el que esconde, el que simula, el que nace solo, el que eligió quedarse— hará algo fregón.
No por vengar la derrota. Por celebrar que, a veces, el laberinto se abre.
Solo a veces. Pero a veces basta.
—
Mixar López
Estadio el que toque, mundial 2026
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