La historia de una causa que ha unido a las Californias por 32 años ...Middle East

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A lo largo de tres décadas Kathia Bustillos ha tendido puentes en ambos lados de la frontera para recabar ayuda para niños con necesidades de atención médica. En la foto, se observa su oficina repleta de sillas de ruedas y otros aparatos ortopédicos donados por diferentes organizaciones. (Foto: Alejandro Maciel/Tiempos de San Diego)

Hay lugares donde la esperanza no es un concepto abstracto, sino algo que se toca, se escucha, se ve. Lugares donde un niño da su primer paso, donde una madre respira aliviada, donde un adolescente encuentra una mano que lo acompaña en silencio. Lugares donde la frontera deja de ser línea y se vuelve puente. Uno de esos lugares es el Hospital Infantil de las Californias, en Tijuana, un proyecto que hoy funciona gracias al trabajo conjunto de tres organizaciones hermanas a ambos lados de la frontera.

Su historia comenzó hace 32 años, cuando en el noroeste de México no existía un hospital pediátrico capaz de atender a los miles de niños que lo necesitaban. La alternativa más cercana estaba en Hermosillo o en San Diego, y para la mayoría era un viaje imposible. En ese vacío nació una causa que, con el tiempo, se convertiría en una misión de vida para quienes la abrazaron.

“Esta ha sido mi causa por 32 años”, dice Kathia Bustillos, presidenta y CEO de la Foundation for the Children of the Californias, la organización estadounidense que sostiene el proyecto desde San Diego y que coordina donaciones, voluntariado y programas binacionales. Su oficina es el puente que conecta a cientos de familias, médicos y donadores con el hospital.

Lo recuerda con una mezcla de orgullo, ternura y asombro. Conoció el proyecto cuando apenas era una idea, cuando trabajaba en Televisa y alguien llegó con un sueño: construir un hospital infantil en Tijuana. No había recursos, no había certezas. Solo la convicción de que los niños merecían algo mejor.

Lo que comenzó como La Casita —una pequeña clínica donde se consultaba, se operaba y se atendía todo lo que se podía— se transformó, con el paso de los años, en un hospital certificado, moderno y reconocido, con más de 25 especialidades y más de 9,000 niños atendidos cada año. Hoy, el Hospital Infantil de las Californias —contacto +52 (664) 973‑7325, hospitalinfantil.org.mx— es un referente regional. Cada edificio, cada sala, cada ampliación es el resultado de una cadena de voluntades: la organización de los Padres de San Diego, la fundación del Colonel Harland Sanders en Canadá, donadores anónimos, familias agradecidas, médicos que cruzan la frontera para ayudar.

A este esfuerzo se suma la Fundación para los Niños de las Californias, la organización mexicana que gestiona programas locales, voluntariado y recaudación en territorio nacional (+52 (664) 973‑7325 ext. 109, fundacionhnc.org). Juntas, las tres instituciones forman un ecosistema binacional que sostiene la operación del hospital y sus programas comunitarios.

Pero la verdadera historia está en los niños.

En las Jornadas de Rehabilitación Binacional donde llegan sillas de ruedas, andaderas y férulas donadas por personas que quizá nunca conocerán a quienes las usarán. En los profesionales de la salud que viajan desde Los Ángeles y San Diego para ajustar cada pieza, medir, adaptar, acompañar. Y entonces ocurre el milagro que lo mueve todo: un niño que nunca había caminado da su primer paso. Otro, que dependía de ser cargado, se sienta por primera vez en una silla que le permite moverse solo. “Ese día es su primer día de independencia”, dice Bustillos. Y su voz se quiebra apenas un segundo.

También están las jornadas quirúrgicas, como la de estrabismo, donde en un solo fin de semana se operaron 62 niños, completamente gratis. O las jornadas de genética, que ayudan a familias con condiciones recurrentes a entender su situación y tomar decisiones informadas. Todo esto ocurre sin distinción de nacionalidad. “Recibimos a todos: mexicanos, americanos, haitianos… de donde vengan”, explica Bustillos.

La salud mental se ha convertido en una urgencia. Tras la pandemia, la demanda creció de manera explosiva. El hospital respondió ampliando su clínica, contratando más psicólogos, creando programas binacionales como Puentes de Bienestar, que ofrece diez consultas psicológicas gratuitas vía telesalud a jóvenes de 7 a 18 años. Incluye un app basada en inteligencia artificial de acompañamiento emocional con botón de pánico conectado al 911. Es un salvavidas silencioso para adolescentes que cargan sobre sus hombros mucho más de lo que pueden decir.

La labor educativa también es fundamental. El Simposio Binacional de Pediatría, realizado cada año alternadamente en San Diego y Tijuana, reúne a especialistas de ambos países para discutir temas urgentes: rickettsia, sarampión, obesidad infantil. “Para las enfermedades no hay fronteras”, recuerda la directora. Y en esta región, donde miles de personas cruzan diariamente, la colaboración médica no es un lujo: es una necesidad.

La fundación también asumió recientemente el Care ´N Share Toy Drive, un programa que desde 2009 ha distribuido más de 122,000 juguetes a organizaciones de San Diego y Tijuana. Juguetes que, en muchos casos, son el único regalo que un niño recibe en todo el año. Pequeños objetos que iluminan infancias enteras.

Hoy, el hospital se prepara para inaugurar nuevas áreas remodeladas: la clínica de salud mental, el área de nutrición —clave en una región con altos índices de obesidad infantil—, la clínica de odontopediatría y la futura Cocina de Betty, donde las familias aprenderán a preparar alimentos nutritivos con recursos limitados. Es un proyecto que combina educación, salud y dignidad.

A lo largo de la conversación, la directora vuelve una y otra vez a un mensaje: todos podemos ayudar. Con dinero, con tiempo, con habilidades, con presencia. “Todos tenemos algo que dar”, dice. Y es cierto. La historia del hospital es la prueba de que cuando una comunidad decide cuidar a sus niños, no hay frontera que la detenga.

Treinta y dos años después, la causa sigue viva. Más fuerte, más amplia, más urgente. Y sigue necesitando manos, corazones y voluntades para llegar a más niños. Porque al final, como ella misma dice, “no es para nosotros, es para ellos”.

Para más información:

Si desea ayudar, puede llamar al (619) 400‑5999 o visitar su página usfcc.org.

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