Empecé a verificar los datos de Trump hace 10 años. Estas son 15 cosas que he aprendido ...Middle East

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Análisis por Daniel Dale, CNN

Hace diez años, este mes, en mi antiguo trabajo como corresponsal en Washington del Toronto Star, empecé lo que creía que sería un pequeño y rápido proyecto paralelo: verificar los datos del entonces candidato presidencial Donald Trump, que llegaba con pocas posibilidades y decía una cantidad extraordinaria de mentiras que rara vez eran corregidas. Como mucha gente, pensé que Trump perdería las elecciones de 2016.

Estaba muy equivocado. Y Trump siguió estando muy equivocado, sobre una variedad vertiginosa de temas, durante la década siguiente.

Su implacable falta de honestidad se ha convertido en una característica central de la política de Estados Unidos y del mundo. Tanto votantes y miembros del Congreso como aliados y adversarios, directores ejecutivos e inversionistas han tenido que intentar descifrar cómo interpretar a un hombre cuyas palabras con tanta frecuencia no son ciertas.

¿Con qué frecuencia? Dos meses antes del día de las elecciones de 2020, tuve que abandonar mi proyecto, que llevaba cuatro años, de verificar todas y cada una de las declaraciones de Trump. Decía tantas mentiras durante la campaña que se me había vuelto físicamente imposible investigarlas todas y, al mismo tiempo, llevar algo que se pareciera vagamente a una vida saludable. Para entonces, había registrado más de 8.500 afirmaciones falsas desde septiembre de 2016.

Me tomé una breve pausa de la verificación de datos de Trump cuando dejó el cargo en 2021 y fue reemplazado por un presidente demócrata que tenía sus propios problemas de precisión, aunque ni de lejos alcanzaban el volumen o la variedad de las falsedades de Trump. Y luego, menos de dos años después, Trump volvió a ocupar los principales titulares. Conté más de 20 afirmaciones falsas o engañosas en el discurso de 2022 con el que lanzó su tercera campaña presidencial. Desde entonces, no se ha vuelto más apegado a los hechos.

Desde que me incorporé a CNN como periodista de verificación de datos en 2019, he dedicado la mayor parte de mi tiempo de trabajo a la labor práctica de separar los hechos de la ficción. Pero pasar cientos de horas inmerso en la retórica de Trump me ha dado algunas perspectivas y opiniones personales sobre la naturaleza de sus mentiras, cómo las recibe el público y cómo las cubren los medios.

Diez años después, estas son 15 reflexiones.

Joe Biden mintió algunas veces, J. D. Vance miente algunas veces, republicanos y demócratas en el Congreso mienten algunas veces, secretarios del gabinete, entre ellos especialmente Robert F. Kennedy Jr., mienten algunas veces. Washington no es precisamente la capital de la franqueza del país. Pero está más que claro que no hay ningún funcionario público en Washington que mienta como Trump: ni con tanta frecuencia, ni de forma tan evidente, ni sobre tantos temas. He escuchado a personas restarle importancia a la mendacidad de Trump con un encogimiento de hombros y un “todos mienten”, pero estamos ante un mentiroso político excepcional, muy posiblemente de esos que aparecen una sola vez en la vida.

Las rachas más intensas de mentiras de Trump han surgido como respuesta a dificultades políticas: las elecciones intermedias de 2018, en las que su partido atravesaba dificultades, el escándalo de Ucrania de 2019 que condujo a su primer juicio político, la pandemia de covid-19 de 2020 que perjudicaba sus perspectivas políticas y las elecciones de 2020 que perdió. Cuando Trump se mete en problemas, aumenta la deshonestidad, incluso en casos en los que esa deshonestidad fue la que provocó parte de los problemas en primer lugar.

Mucha gente espera que los políticos intenten salir de una situación que amenaza sus carreras a fuerza de mentiras o que mientan para hacer que sus políticas emblemáticas parezcan mejores. Entre los temas sobre los que Trump ha mentido están una llamada telefónica inexistente que afirmó haber recibido de los Boy Scouts, un premio inexistente de “Hombre del Año” de Michigan que aseguró haber recibido años atrás y si había asientos vacíos en recintos en los que era evidente que los había. Ninguna de estas cosas tiene la más mínima importancia, pero el cerebro de Trump ha considerado apropiado inventar una historia sobre ellas. Es un rasgo particular.

A veces la gente me pregunta cómo puedo desmentir las mentiras de Trump inmediatamente después de que las dice. No tengo ningún truco de magia. Mi (no tan) secreto es que dice las mismas cosas falsas una y otra vez. La primera vez puede llevar un tiempo investigarlas. Para la décima o la centésima vez, puedo recitar el desmentido medio dormido, y algunas de las mentiras realmente han llegado a repetirse 100 veces.

Como un mal jugador de póquer, Trump tiene señales que indican que probablemente está mintiendo. Si cuenta una historia en la que una persona anónima lo llama “señor”, a menudo es ficción. También lo son muchas de sus historias sobre hombres corpulentos de clase trabajadora que lloran en su presencia y buena parte de sus historias en las que alguno de sus críticos supuestamente acudió a él a suplicarle. ¿Qué tienen en común estos relatos pintorescos pero dudosos? Lo presentan como una figura dominante ante la que los demás, incluso hombres corpulentos, se inclinan.

Cifras de encuestas, cifras de inflación, cifras de inversión, cifras de precios de la gasolina, cifras de política exterior, cifras sobre el tamaño de las multitudes, prácticamente cualquier otro tipo de cifra: un porcentaje asombroso de los números que utiliza Trump es incorrecto. Incluso cuando una estadística precisa lo haría quedar bien, el empresario que solía inflar los índices de audiencia de su reality show y el tamaño de sus edificios tiende a elegir una estadística incorrecta que lo haga quedar un poco mejor. Si “señor” es uno de los mejores indicios de que no está diciendo la verdad, también lo es el simple hecho de que utilice una cifra, cualquier cifra.

Trump ha inventado cientos de mentiras para su propio beneficio. Pero muchas de las ridículas teorías de conspiración que ha promovido las tomó de otras personas y a menudo parece creerlas de verdad. Eso podría ser peor, no mejor. La persona más poderosa del mundo, con acceso a un sinfín de expertos cuando los solicite, no solo es un fabulador, también cae con frecuencia en las historias de otros fabuladores.

A menos que cuente que me bloqueó en Twitter en 2017, Trump nunca ha reconocido públicamente mi existencia. Pero algunas veces ha reconocido que conoce las verificaciones de datos y, al mismo tiempo, ha seguido repitiendo las mentiras que esas verificaciones corrigieron, aparentemente sin avergonzarse de haber tenido que ser corregido.

Por ejemplo, Trump ha señalado repetidamente que algunas personas han indicado que es incorrecta su afirmación de que Biden presidió el período de inflación más alta en la historia de Estados Unidos. Pero inmediatamente después Trump ha vuelto a repetir la afirmación de que fue la más alta de la historia e insiste en que sigue creyéndolo. “Algunas personas me corregirán porque siempre les encanta corregirme, aunque yo tengo razón en todo”, dijo en diciembre durante una de las ocasiones en que repitió esta rutina, sumando otra mentira a la inicial.

Durante el primer mandato de Trump, los asesores de la Casa Blanca rara vez respondían a las preguntas de los periodistas sobre sus mentiras. Después de todo, es difícil defender lo indefendible. Pero ahora se ha rodeado de personas dispuestas a intentarlo. Durante su segundo mandato, portavoces oficiales declaran habitualmente que él “tiene razón” sobre asuntos en los que se puede demostrar que está equivocado. En un ecosistema republicano actualmente dominado por leales a Trump, destruir tu credibilidad ante los principales medios de comunicación para servir al jefe está lejos de significar el fin de una carrera.

Los medios favorables a Trump han mostrado un interés vergonzosamente escaso en abordar sus mentiras. Pero medios más neutrales también han fallado con frecuencia. En el último día completo de la primera presidencia de Trump en 2021, escribí: “Con demasiada frecuencia, la cobertura de discursos de Trump descaradamente deshonestos seguía mencionando la falta de honestidad de pasada o no la mencionaba en absoluto. Con demasiada frecuencia, la cobertura seguía citando las mentiras del presidente sin explicar que eran falsas”. Más de cinco años después, estos problemas persisten.

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