Análisis por Brett H. McGurk, CNN
El estrecho de Bab el-Mandeb es un paso angosto que separa la península Arábiga de África. Desde el norte, conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y el océano Índico. Desde el sur, permite el acceso al Mediterráneo a través del canal de Suez.
Antes de las guerras actuales, este paso marítimo transportaba aproximadamente el 30 % del tráfico mundial de contenedores.
Automóviles, muebles, alimentos, energía: todo se transporta a través de un paso de apenas 32 kilómetros de ancho en su punto más angosto.
Sin él, los barcos que viajan entre Asia y Europa deben rodear el sur de África y el Cabo de Buena Esperanza, lo que añade miles de kilómetros, días de viaje y precios más altos para las mercancías.
El conflicto en curso con Irán ha centrado la atención en el estrecho de Ormuz y la dependencia mundial de su tráfico energético.
Irán ha atacado barcos en Ormuz para aumentar la presión sobre Washington y lograr que detenga la guerra y procure la paz.
Es una táctica que Irán perfeccionó hace años en Bab el-Mandeb, y que está en condiciones de repetir tras una nueva ofensiva de su fuerza militante aliada en Yemen la semana pasada.
Bab al-Mandeb se traduce literalmente como la “Puerta de las Lágrimas”.
Algunas leyendas atribuyen su nombre a antiguos terremotos e inundaciones que separaron África de Arabia, causando la muerte de miles de personas. Sea cual sea su origen exacto, no tiene fama de ser un lugar bueno.
Aprendí todo esto recientemente de primera mano mientras trabajaba en la administración Biden.
Desde 1979, el Gobierno revolucionario de Irán ha buscado expandir su ideología e influencia en todo Medio Oriente, principalmente a través de su Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y su fuerza de élite Quds —literalmente, Fuerza de Jerusalén— que entrena y equipa a grupos armados en toda la región.
Hezbollah en Líbano. Hamas y la Yihad Islámica Palestina en Gaza. Milicias en Iraq que han atacado repetidamente a las fuerzas estadounidenses, Israel y Arabia Saudita. Y, cada vez más, los hutíes en Yemen.
La estrategia es sencilla: construir redes armadas en estados débiles o fragmentados, lo que le dará a Teherán profundidad estratégica e influencia sin tener que luchar directamente.
Estados Unidos, Israel y las alianzas regionales lideradas por Estados Unidos, en particular con Arabia Saudita, han sido durante mucho tiempo objetivos centrales.
“Muerte a Estados Unidos, muerte a Israel, malditos sean los judíos”.
Yemen, situado justo al sur de Arabia Saudita, estuvo dividido entre el Norte y el Sur durante la Guerra Fría, y no se unificó hasta 1990. Sin embargo, la unificación nunca resolvió por completo las profundas divisiones políticas, tribales y regionales.
El movimiento hutí surgió en el norte de Yemen a finales de los años 80 y principios de los 90 a partir de un movimiento de resurgimiento chií zaidí. Bajo el liderazgo de Hussein al-Houthi, se politizó y se volvió militante, librando repetidas guerras contra el Gobierno central de Yemen.
El grupo adoptó posteriormente el nombre de Ansar Allah con un eslogan oficial de inspiración iraní que no era nada sutil: “Dios es grande. Muerte a Estados Unidos. Muerte a Israel. Malditos sean los judíos. Victoria para el Islam”.
En 2014, los hutíes tomaron Saná, la capital de Yemen, lo que obligó al Gobierno a desplazarse hacia el sur y, finalmente, provocó una intervención militar liderada por Arabia Saudita.
Irán no creó a los hutíes, quienes conservan sus propios intereses y ambiciones. Sin embargo, las armas, los componentes de misiles, los drones, el entrenamiento y la experiencia técnica iraníes contribuyeron a transformar una insurgencia local en una fuerza de relevancia mundial.
Poco antes de que Joe Biden asumiera el cargo, después de que yo fuera nombrado su coordinador para Medio Oriente, Yemen era un tema prioritario.
Recibí llamadas de senadores, organizaciones humanitarias y activistas que nos instaban a hacer lo que fuera necesario para detener la guerra.
La guerra civil entraba en su séptimo año y la situación humanitaria era espantosa, sobre todo en las zonas controladas por los hutíes, que destinaban recursos a la guerra mientras dependían de organizaciones internacionales para el sustento de la población civil bajo su control.
El presidente Donald Trump había designado a los hutíes como organización terrorista extranjera.
Las organizaciones humanitarias advirtieron que esto ponía en peligro legal las operaciones de ayuda y podría agravar la crisis humanitaria, que se vio exacerbada por los ataques aéreos saudíes contra los hutíes en Saná y otras zonas que controlaban.
En respuesta, la administración Biden revocó la designación, puso fin al apoyo estadounidense a las operaciones ofensivas saudíes —incluidas ciertas ventas de armas— y nombró a un enviado especial para buscar un alto el fuego y una solución política.
Casi al mismo tiempo, las fuerzas estadounidenses retiraron sus recursos regionales, trasladando las defensas aéreas fuera de Arabia Saudita y los destructores y grupos de ataque de portaviones fuera de Medio Oriente.
Washington centró su atención en la diplomacia, pero sin el respaldo militar que suele ser necesario para que esta tenga éxito.
Mientras Estados Unidos se replegaba, Irán redoblaba sus esfuerzos.
Suministró armamento a los hutíes a través de rutas de contrabando marítimas y terrestres. Personal iraní y de Hezbollah también ayudaron a ensamblar y fabricar armas sofisticadas, a medida que se intensificaban los ataques de los hutíes contra Arabia Saudita.
En abril de 2022, Estados Unidos ayudó a negociar una tregua, posible en parte gracias a la visita del presidente Biden a Arabia Saudita ese verano. Existía la esperanza de que la tregua pudiera abrir la puerta a una solución política más permanente.
Sin embargo, en retrospectiva, la tregua inclinó la balanza a favor de los hutíes. Irán continuó entrenando y equipando a su aliado para utilizarlo en una estrategia regional más amplia.
En 2023, poco después de las masacres perpetradas por Hamas el 7 de octubre y la respuesta de Israel en Gaza, los aliados armados de Irán se unieron al conflicto desde múltiples frentes.
Hezbollah abrió fuego desde el Líbano, mientras que milicias respaldadas por Irán en Iraq y Siria atacaron a las fuerzas estadounidenses, causando finalmente la muerte de varios estadounidenses.
Desde Yemen, los hutíes lanzaron misiles balísticos y drones hacia Israel y atacaron buques mercantes en el mar Rojo y Bab al-Mandeb.
Si bien alegaron presionar a Israel por Gaza, en realidad atacaron barcos que no tenían nada que ver con el conflicto, con el objetivo de interrumpir un importante corredor comercial.
El 10 de enero de 2024, me reuní en secreto con funcionarios iraníes en Omán para contener la escalada regional.
La noche anterior, los hutíes lanzaron su mayor ataque hasta la fecha contra buques mercantes y fuerzas navales lideradas por Estados Unidos en el mar Rojo, utilizando drones, misiles de crucero antibuque y misiles balísticos.
Fue el mayor ataque contra la Armada estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial.
No hubo bajas gracias a la pericia de nuestros marineros y a nuestros avanzados sistemas de defensa antimisiles.
El mensaje de Irán era claro: respaldaría sus ambiciones regionales y su diplomacia con ataques contra nosotros, negando al mismo tiempo su responsabilidad directa.
La reunión en Omán fracasó.
La noche siguiente, el presidente Biden ordenó los primeros ataques estadounidenses de gran envergadura contra objetivos militares hutíes, con el apoyo del Reino Unido, Australia, Barein, Canadá y los Países Bajos.
La campaña continuó de diversas formas durante más de un año.
Washington había aprendido por las malas que la aparente calma en Yemen ocultaba un importante cambio estratégico.
Durante los años en que la guerra civil cesó en gran medida, Irán contribuyó a crear una fuerza armada capaz no solo de amenazar a Arabia Saudita o de librar una guerra civil en Yemen, sino también de llegar a Israel y mantener como rehén el comercio mundial cuando así lo decidiera, cerrando el estrecho de Bab el-Mandeb.
El año pasado, el presidente Trump restableció la designación de los hutíes como grupo terrorista e intensificó los ataques estadounidenses contra ellos.
Tras siete semanas de bombardeos estadounidenses, Omán negoció un acuerdo: Estados Unidos dejaría de bombardear objetivos hutíes y estos dejarían de atacar buques estadounidenses.
El acuerdo no abarcaba a Israel ni a Arabia Saudita, pero pareció imponer cierta tranquilidad. Por un tiempo.
Luego, la semana pasada, el mapa volvió a cambiar.
En una rápida ofensiva a lo largo de la costa yemení del mar Rojo, las fuerzas hutíes tomaron nuevo territorio con vistas directas al estrecho de Bab al-Mandeb.
Posteriormente, según informes, cruzaron a la isla de Mayyun, también conocida como Perim, ubicada en medio del estrecho. Nic Robertson, de CNN, acababa de visitar la zona e informó sobre su vulnerabilidad.
Ahora, las armas convencionales de los hutíes —artillería y cohetes— pueden atacar barcos, no solo drones y misiles de largo alcance.
Por ahora, los barcos siguen pasando por Bab al-Mandeb. Trump ha dicho que los hutíes afirman no querer una confrontación con nosotros y que permitirán el paso de los barcos.
Sin embargo, los hutíes no tienen por qué cerrar el estrecho mañana. Su capacidad para mantener el paso bloqueado le proporciona a Teherán una ventaja adicional.
¿Es este el nuevo statu quo?
No necesariamente. El frente de batalla en Yemen cambia con frecuencia. Hay informes de que las fuerzas gubernamentales están preparando un contraataque y que Washington podría proporcionar información de inteligencia.
El comandante del CENTCOM, el almirante Brad Cooper, estuvo recientemente en Arabia Saudita para evaluar la situación.
Sin embargo, pase lo que pase, los hutíes han recordado una vez más al mundo que están en posición de seguir siendo, con el respaldo directo de Irán, un factor impredecible en cualquier competencia regional por el poder y la influencia.
Y Washington no debería volver a confundir la calma con la paz.
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