Así ha cambiado lo que sabemos sobre el covid-19 desde la pandemia ...Middle East

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Por Deidre McPhillips, CNN

El covid-19 causó la muerte de más de un millón de personas en Estados Unidos. Sin embargo, en una entrevista con Dana Bash, de CNN, el domingo, el secretario del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos Robert F. Kennedy Jr. afirmó que los confinamientos fueron “lo que más daño le hizo a nuestro país”.

Esa afirmación dio inicio a más de 20 minutos de un tenso intercambio, durante el cual Kennedy hizo varias declaraciones falsas y engañosas sobre diversos temas, entre ellos el sarampión, el autismo y la enfermedad de Lyme.

“Está plagado de desinformación. Mentiras”, dijo el Dr. Jake Scott, médico especialista en enfermedades infecciosas de Stanford, quien ha convertido en una misión personal combatir las afirmaciones falsas sobre las vacunas. “Se podría escribir un libro entero sobre esa entrevista”.

La Organización Mundial de la Salud declaró al covid-19 como pandemia hace más de seis años, y la emergencia de salud pública terminó en Estados Unidos hace más de tres años. Sin embargo, el covid-19 sigue siendo un tema políticamente sensible y con implicaciones duraderas.

El domingo, Kennedy culpó al Dr. Anthony Fauci, exdirector del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, de haber “gestionado mal” la pandemia de covid-19. Y la semana pasada, Fauci fue citado a declarar ante el Congreso sobre la respuesta nacional de salud pública, comparecencia en la que invocó reiteradamente su derecho de la Quinta Enmienda a no autoincriminarse.

Esto es lo que hemos aprendido y cómo ha evolucionado el conocimiento científico desde que se notificaron los primeros casos del nuevo coronavirus.

Cuando Pfizer/BioNTech y Moderna recibieron la autorización de uso de emergencia de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) para sus vacunas contra el covid-19, en diciembre de 2020, los datos de los ensayos clínicos mostraban que ambas tenían una eficacia superior al 90 % para prevenir la enfermedad sintomática durante varios meses.

Con el paso del tiempo, especialmente cuando la variante delta se volvió predominante durante el verano de 2021, comenzaron a aumentar las llamadas infecciones de avance, es decir, los casos de personas vacunadas que daban positivo. Esto generó preguntas sobre la capacidad de las vacunas para prevenir la transmisión del virus y sobre la disminución de la protección con el paso del tiempo.

Sin embargo, las vacunas contra el covid-19 han demostrado de manera constante que ofrecen una protección significativa contra la enfermedad grave, la hospitalización y la muerte.

En un estudio publicado por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por sus siglas en inglés) en septiembre de 2021, los primeros datos obtenidos en condiciones reales mostraron que dos dosis de la vacuna de Moderna tenían una eficacia del 93 % para prevenir hospitalizaciones entre adultos sanos, mientras que la vacuna de Pfizer/BioNTech alcanzó una eficacia del 88 %. Otro estudio publicado por los CDC en marzo de 2022 mostró que los adultos no vacunados tenían 12 veces más probabilidades de ser hospitalizados que quienes habían completado el esquema inicial y recibido una dosis de refuerzo.

Al igual que ocurre con las vacunas contra la influenza, la protección que ofrecen las vacunas contra el covid-19 alcanza su punto máximo pocas semanas después de su aplicación, y las formulaciones se actualizan cada temporada para responder mejor a la evolución del virus.

Investigaciones más recientes sugieren que las vacunas contra el covid-19 han seguido mostrando beneficios, incluso a medida que aumentó la inmunidad de la población y el virus dejó de ser completamente nuevo.

Un estudio concluyó que las vacunas redujeron aproximadamente a la mitad la probabilidad de que un adulto en Estados Unidos necesitara acudir a una sala de emergencias o ser hospitalizado por una infección durante el otoño y el invierno pasados. Sin embargo, el Departamento de Salud y Servicios Humanos rechazó la publicación del estudio en la principal revista científica de los CDC, pese a haber liderado la investigación. Finalmente, el trabajo fue publicado en JAMA Network Open, una revista científica revisada por pares de la Asociación Médica Estadounidense.

Desde que estuvieron disponibles a finales de 2020 se han administrado más de 700 millones de dosis de vacunas contra el covid-19 en Estados Unidos, según la Organización Mundial de la Salud. Los efectos secundarios leves son comunes e incluyen dolor en el lugar de la inyección, dolor de cabeza y fatiga. En cambio, los efectos adversos graves han sido, en términos generales, poco frecuentes.

Las vacunas fueron sometidas a amplias pruebas de seguridad antes de recibir la autorización de uso de emergencia. La FDA exigió al menos dos meses de seguimiento de seguridad tras la vacunación de los participantes en los ensayos clínicos.

La vigilancia continuó mucho después de finalizar los ensayos clínicos, incluso tras la aprobación definitiva de algunas vacunas por parte de la FDA, para garantizar que siguieran cumpliendo con los estándares de seguridad y eficacia del organismo.

Entre los efectos adversos poco frecuentes pero graves que siguen bajo vigilancia se encuentran la anafilaxia, la miocarditis y el síndrome de Guillain-Barré. En particular, la miocarditis se ha observado con mayor frecuencia en adolescentes y hombres adultos jóvenes durante la semana posterior a la segunda dosis de una vacuna de ARN mensajero contra el covid-19. No obstante, los CDC señalan que la mayoría de los pacientes responde bien al tratamiento y al reposo, y se recupera rápidamente.

Este sistema de monitoreo y análisis en tiempo real llevó a la FDA a imponer restricciones estrictas a la vacuna contra el covid-19 de Johnson & Johnson en mayo de 2022, después de que se reportaran casos de un raro y peligroso trastorno de coagulación denominado síndrome de trombosis con trombocitopenia (STT) entre algunas personas vacunadas. Esa vacuna ya no está disponible en Estados Unidos.

En cambio, las vacunas de Pfizer/BioNTech, Moderna y Novavax mantienen su aprobación o autorización de uso de emergencia en Estados Unidos.

“Durante la pandemia de covid-19, las vacunas contra el covid-19 fueron sometidas al análisis de seguridad más exhaustivo en la historia de Estados Unidos”, afirman los CDC. “Todas las personas de seis meses de edad o más deben recibir una vacuna actualizada contra el covid-19”.

El riesgo de sufrir complicaciones por covid-19 aumenta de forma exponencial con la edad, y los adultos mayores fueron los más afectados. Datos publicados por los CDC muestran que más de la mitad de las muertes por covid-19 entre 2020 y 2023 ocurrieron en personas de 75 años o más, y que las tasas de hospitalización entre los adultos mayores fueron sistemáticamente superiores a las de otros grupos etarios.

Sin embargo, los niños también sufrieron las consecuencias más graves del covid-19. Según datos de los CDC, cerca de 1.700 menores murieron por covid-19 entre 2020 y 2023. Durante ese período, el virus estuvo relacionado con aproximadamente una de cada 77 muertes infantiles.

Los niños más pequeños fueron los más vulnerables. Durante la temporada de virus respiratorios 2021-2022, más de dos de cada 1.000 menores de cinco años fueron hospitalizados por covid-19. Esa tasa se mantuvo por encima de uno por cada 1.000 durante las dos temporadas siguientes, según los CDC.

Las vacunas contra el covid-19 fueron autorizadas para algunos niños aproximadamente un año después de que se aprobaran para los adultos. Para los menores de menor edad, la autorización llegó casi dos años más tarde.

Aunque la necesidad de inmunidad no era tan urgente para los niños como para los adultos mayores, las vacunas también demostraron ofrecer niveles significativos de protección en este grupo.

Durante la temporada 2024-2025, las vacunas más recientes contra el covid-19 tuvieron una eficacia aproximada del 76 % para prevenir visitas a salas de emergencia y centros de atención urgente relacionadas con el virus entre niños sanos de entre nueve meses y cuatro años. Entre los niños de cinco a 17 años, la eficacia fue de aproximadamente el 56 % en comparación con quienes no recibieron la vacuna actualizada correspondiente a esa temporada, según un informe de los CDC.

Las vacunas contra el covid-19 nunca fueron obligatorias de forma generalizada para los niños. Habitualmente son los estados los que determinan qué vacunas se exigen para asistir a la escuela, y las vacunas contra el covid-19 no forman parte de esas listas. La Academia Estadounidense de Pediatría las recomienda para los niños muy pequeños y aquellos con sistemas inmunitarios comprometidos. Además, señala que todos los niños de entre dos y 18 años “que no estén incluidos en los grupos de riesgo mencionados y cuyos padres o tutores deseen protegerlos del covid-19 deberían tener acceso a una dosis única de la vacuna contra el covid-19 correspondiente a 2025-2026 y adecuada para su edad”.

El uso de cubrebocas puede ayudar a prevenir la transmisión de enfermedades respiratorias como el covid-19 al ofrecer una barrera frente a las partículas infecciosas, según los CDC.

La protección funciona mejor cuando existen varias capas de prevención: cuando una persona enferma usa mascarilla, dispersa menos gérmenes; y cuando otras personas también la usan, disminuye la probabilidad de inhalar partículas infecciosas que permanecen en el aire.

Al comienzo de la pandemia no se reconoció de inmediato que el covid-19 podía transmitirse por el aire más allá de la distancia de aproximadamente 1,8 metros recomendada para el distanciamiento físico, especialmente en espacios con poca ventilación o donde las personas respiraban con mayor intensidad debido a ciertas actividades. También tomó tiempo comprender qué tan frecuente era la transmisión del virus por parte de personas sin síntomas. A medida que aumentó la evidencia sobre estos y otros factores, las autoridades de salud pública fueron ajustando las recomendaciones sobre el uso de mascarillas.

Las directrices de los CDC sobre el uso de mascarillas cambiaron con el tiempo. Inicialmente se recomendaron para determinados grupos y situaciones específicas; posteriormente se extendieron a toda la población y, más adelante, pasaron a depender de criterios de riesgo comunitario, como los niveles de transmisión local y la capacidad hospitalaria.

Un estudio realizado al inicio de la pandemia encontró que las tasas de hospitalización disminuyeron en los lugares donde las autoridades locales exigieron el uso de mascarillas.

La inmunidad colectiva es un concepto de salud pública que se alcanza cuando una proporción suficientemente alta de una comunidad adquiere inmunidad frente a una enfermedad contagiosa, de modo que el virus deja de propagarse fácilmente. Esa protección comunitaria puede lograrse mediante la vacunación, infecciones previas o una combinación de ambas, y ayuda a proteger a las personas más vulnerables que no pueden vacunarse.

En enfermedades como el sarampión, este concepto resulta relativamente sencillo. El sarampión es altamente contagioso, pero la vacuna triple viral (sarampión, paperas y rubéola) es muy eficaz y la protección suele durar toda la vida. Si el 95 % de una comunidad está vacunada, resulta extremadamente improbable que el sarampión se propague.

Con el covid-19 la situación fue mucho más compleja. Al inicio de la pandemia, muchos científicos y buena parte de la población confiaban en lograr protección comunitaria mediante confinamientos y distanciamiento físico y, posteriormente, mediante una inmunidad duradera obtenida por vacunación o por infección natural.

En octubre de 2020, poco antes de que las vacunas contra el covid-19 estuvieran disponibles en Estados Unidos, el Dr. Jay Bhattacharya —actual director de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos y director interino de los CDC— y dos colegas publicaron una carta abierta en la que proponían un enfoque distinto para gestionar los riesgos de la pandemia.

Planteaban una estrategia denominada “protección focalizada”, según la cual las personas más vulnerables permanecerían aisladas mientras la mayor parte de la población retomaría su vida habitual con el objetivo de alcanzar la inmunidad colectiva mediante la infección.

La llamada Declaración de Great Barrington criticaba los “daños irreparables” ocasionados por los confinamientos. La reacción fue inmediata. El director general de la Organización Mundial de la Salud calificó de “poco ético” permitir que un virus nuevo y peligroso se propagara entre poblaciones sin protección.

Los confinamientos y el cierre de escuelas se asociaron con efectos negativos sobre la salud mental, el aumento de la obesidad y diversas necesidades sociales, como el desarrollo infantil, el empleo y el acceso a los alimentos. Algunas investigaciones concluyeron que los confinamientos tuvieron un impacto menor en la reducción de la mortalidad por covid-19 que otras medidas, como el distanciamiento físico.

Según la Clínica Mayo, el concepto de inmunidad colectiva no funciona para todas las enfermedades. Resulta especialmente difícil aplicarlo cuando los virus cambian rápidamente y cuando la protección otorgada por la infección o por las vacunas no dura mucho tiempo, algo que ahora se sabe que ocurre con el covid-19.

“La propagación de los virus que causan el covid-19, la influenza y el virus respiratorio sincitial (VRS) son ejemplos de situaciones en las que la inmunidad colectiva puede no ser un objetivo realista. En estos casos, el objetivo es controlar y limitar la propagación del virus”, señala la Clínica Mayo.

Actualmente, los CDC afirman que “el principal objetivo del programa de vacunación contra el covid-19 es prevenir la enfermedad grave y la muerte”.

El domingo, Kennedy aseguró que algunas unidades de cuidados intensivos “estaban vacías en todo el país, incluso en Nueva York durante el peor momento” de la pandemia. Sin embargo, los datos federales mostraron repetidamente la enorme presión que el covid-19 ejerció sobre los hospitales.

A finales de 2020, cientos de hospitales funcionaban a su máxima capacidad y más del 90 % de las camas de cuidados intensivos estaban ocupadas en un tercio de los hospitales del país. A comienzos de 2022, 19 estados tenían menos del 15 % de disponibilidad en sus unidades de cuidados intensivos.

Según un análisis del médico de emergencias Jeremy Faust, antes de la pandemia la ciudad de Nueva York contaba con alrededor de 1.600 camas de cuidados intensivos. Sin embargo, en abril de 2020 se registraron cerca de 15.000 muertes de pacientes hospitalizados o atendidos en salas de emergencia, una cifra que superó ampliamente incluso los esfuerzos realizados por los hospitales para ampliar su capacidad.

En total, al menos 1,2 millones de personas murieron por covid-19 en Estados Unidos, según la Organización Mundial de la Salud. Esa cifra representa más de una de cada siete muertes por covid-19 registradas en el mundo, más que en cualquier otro país.

Según la Universidad Johns Hopkins, Estados Unidos registró una de las tasas de mortalidad por covid-19 más altas del mundo, solo por detrás de Perú.

Una de las principales razones por las que Estados Unidos tuvo un desempeño tan deficiente frente a la pandemia fue la falta de coordinación federal en “todos los aspectos de la respuesta”, afirmó el Dr. William Schaffner, profesor de enfermedades infecciosas de Vanderbilt Health.

Los estados y las comunidades adoptaron estrategias muy diferentes respecto al uso de mascarillas, las órdenes de permanecer en casa, las campañas de vacunación y otras medidas. A ello se sumó una comunicación “notablemente desarticulada” entre los líderes políticos y las autoridades federales de salud pública, explicó.

Eso generó una “gran divergencia” en la forma en que la población entendía cómo enfrentar el covid-19 y generó “mucha confusión, desconfianza e incertidumbre”, añadió Schaffner.

Además, Estados Unidos ya presentaba “grandes desigualdades en el acceso a la atención médica”. A ello se sumó una campaña de vacunación que rápidamente se politizó y la promoción de tratamientos sin eficacia comprobada, como la ivermectina, lo que complicó aún más la respuesta.

El covid-19 fue la tercera causa principal de muerte en Estados Unidos en 2020 y permaneció entre las diez principales causas hasta 2024.

Para muchas personas, el covid-19 puede parecer un resfriado o una gripe. Sin embargo, cientos de personas siguen muriendo cada mes por esta enfermedad en Estados Unidos.

Además, millones de personas viven con covid prolongado, una enfermedad crónica que puede provocar una amplia variedad de síntomas, entre ellos fatiga, dificultad para respirar y problemas neurológicos y digestivos, que pueden persistir durante meses o incluso años después de la infección. Las estimaciones varían, pero un estudio reciente sugiere que una de cada seis personas infectadas con covid-19 podría desarrollar esta afección.

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Con información de Brenda Goodman y Elise Haulund, de CNN.

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