El sueño mundialista de Estados Unidos llegó a su fin en los octavos de final tras caer de forma contundente por 4-1 ante Bélgica en el Seattle Stadium.
A pesar de la enorme expectación, que incluyó la polémica habilitación del delantero Folarin Balogun a última hora tras la intervención personal del presidente Donald Trump ante la FIFA, el conjunto de Mauricio Pochettino lució nervioso y superado tácticamente desde los primeros compases. Sin embargo, bajo el sol de San Diego, una cosa estaba clara para la fiel fanaticada local reunida en el Petco Park: el verdadero enemigo a vencer esta tarde no venía de Europa, sino de Arizona, reviviendo una añeja y amarga rivalidad de la División Oeste de la Liga Nacional.
Como el partido de fútbol se transmitió en su totalidad solo durante la primera mitad en la pantalla de la explanada, los aficionados pasaron la tarde con un ojo al gato y el otro al garabato. Diomedes Peña, un dominicano de visita desde Nueva York, quería el triunfo de la escuadra estadounidense pero mantenía la mirada fija en los números del béisbol. Cerca de ahí, Salvador Curiel, de San Diego, observaba pensativo junto a su familia que venía de Tijuana y Sinaloa. Al preguntarle por el encuentro, asintió: “Muy bueno, tenemos que ganar esta serie”. Cuando le aclaró que la pregunta era en realidad sobre el soccer, sonrió apenado. “¡Oh, perdón, perdón! Estaba pensando en el béisbol”, admitió, al percatarse en la pantalla gigante de que los Padres ya caían 2-0.
Muchos, incredulos, no podian creer el abultado resultado en contra de la selección de Estados Unidos. (Foto: Alejandro Maciel/Times of San Diego).La tormenta política que rodeaba al torneo también dividió las opiniones en la explanada. Antes del pitazo inicial, la noticia de la llamada sin precedentes de Trump al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para perdonar la tarjeta roja de Balogun en el partido contra Bosnia ya corría entre la multitud. Al ser consultado sobre la jugada, Curiel prefirió no comprometerse: “Yo no me meto en política, prefiero pasarla bien”. Su padre de 79 años, Don Albert, se mostró tajante: “Los políticos no deben meterse en esto. Ahora vamos a tener a todos los presidentes, jeques y reyes metiéndose en donde no deben. Eso no está bien”.
El himno, el diamante y el primer golpe
Adentro del inmueble, el ambiente de las Grandes Ligas devoró por completo la fiebre del balompié. Los altoparlantes alternaban anuncios en inglés y español sobre hoteles locales, advertencias para evitar un pelotazo, el Día de Harry Potter y el próximo concierto de Juanes, sin hacer una sola mención a la Copa del Mundo. Entre un mar de camisolas café y oro de los Padres, apenas un par de aficionados vestían la camiseta de la selección de las barras y las estrellas.
A las 4:59 PM se dio el tradicional campanazo que anunciaba el inicio de la crucial serie de cuatro juegos. En ese mismo instante, la señal de fútbol arrancó en vivo. Mientras en las pantallas de Seattle resonaban los himnos ante un estadio repleto, aquí los presentes estaban más preocupados por encontrar sus asientos. En la sección 129, Liam Johnson y su esposa Gabriela, residentes de Phoenix, seguían las acciones. A diferencia de Don Albert, Liam defendía la intervención presidencial: “Claro que fue correcto que el presidente interviniera, no fue una falta intencional”, aseguró confiado. “Estados Unidos va a ser campeón”.
Fue un pronóstico muy apresurado. El juego apenas se acomodaba cuando el belga Charles De Ketelaere abrió el marcador al minuto 9, castigando con dureza los titubeos de la zaga norteamericana. Los asistentes apartaron por un momento la vista de las prácticas de bateo y miraron la pantalla dividida; un silencio sepulcral inundó las gradas.
Los fanaticos de Los Padres vistieron sus tradicionales playeras para apoyarlos para ganar a sus rivales Diamondback. No fue suficiente. (Fotos de Alejandro Maciel/Times of San Diego)Un destello de esperanza y el trago amargo
La esperanza local revivió momentáneamente al minuto 31. Malik Tillman cobró un tiro libre que se desvió en la barrera y tomó a contrapié al guardameta Thibaut Courtois, decretando el 1-1. De inmediato, un espontáneo canto de “U-S-A! U-S-A!” retumbó en los pasillos del Petco Park. La gente se alegró, creyendo que el equipo enderezaba el rumbo hacia un partido muy disputado.
La alegría duró apenas 116 segundos. Al minuto 33, De Ketelaere apareció de nuevo con un certero cabezazo al fondo de la red, devolviendo la ventaja a los belgas antes del descanso. El momento anímico se esfumó tan rápido como llegó.
Afuera de las puertas, una multitud de unas tres mil personas seguía enganchada tácticamente al partido, pero adentro, el diamante tomó el control absoluto. Al comenzar el segundo tiempo en la pantalla, las butacas ya lucían repletas de camisetas con los nombres de Tatis y Machado. La atención se centró en los peloteros de los Padres que saludaban a la tribuna y obsequiaban pelotas a los aficionados. David Nguyen, un residente local, sacudía la cabeza ante la pantalla mientras el ataque estadounidense se desmoronaba. “No están funcionando como equipo”, observó.
La debacle del soccer se consumó en el minuto 57, cuando el arquero Matt Freese cometió un error catastrófico al salir de su área, regalando el balón para que Hans Vanaken anotara a puerta vacía el 3-1. Aunque un joven con playera de US Soccer aplaudió con frustración ante los abucheos de la transmisión, el alma colectiva del estadio ya estaba anclada en el juego de pelota. Romelu Lukaku selló el 4-1 definitivo en el tiempo de compensación, decretando la eliminación del último anfitrión del torneo.
En la foto, una imagen de la pantalla dividida en el Petco Stadium. De un lado el beisbol, del otro el partido USA-Belgica. (Foto: Alejandro Maciel/Times of San Diego)Al darse el silbatazo final, la pantalla reflejó rostros desencajados y lágrimas en Seattle. En San Diego, Julián Torres no se mostró muy preocupado. Tomó a su esposa de la mano y apresuró el paso hacia los torniquetes: “Van perdiendo mis Padres, hay que entrar a apoyarlos”, dijo con prisa. Para cuando cayó la noche, la eliminación mundialista ya era historia vieja, pero el dolor local seguía vivo: los Diamondbacks de Arizona aplastaban a los Padres 8 carreras a cero en la parte alta de la séptima entrada.
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