Sobre esta serie: No es una crónica de fútbol. No hay estadísticas, tácticas ni pronósticos. Esta es una selección literaria mixta y también un campo de batalla racial. Porque Brasil no es solo samba y alegría. También es la Academia que tardó décadas en abrirle la puerta a sus escritoras y escritores negros. México, Estados Unidos y Canadá organizan el Mundial. Yo organizo la memoria.
Ancelotti presentó su lista el lunes 18 de mayo en el Museo del Mañana de Río de Janeiro. 26 jugadores. 700 periodistas de 14 países.
Porteros: Alisson, Ederson, Bento, Lucas Perri.
Defensas: Marquinhos, Gabriel Magalhães, Bremer, Murillo, Danilo, Vanderson, Guilherme Arana, Alex Telles.
Mediocampistas: Bruno Guimarães, André, Joelinton, Gerson, Lucas Paquetá, Neymar, Raphinha, Savinho, Estevão.
Delanteros: Vinícius Júnior, Rodrygo, Endrick, Martinelli, Rayan, Igor Jesus, Pedro.
La sorpresa: Neymar. No estaba en los planes. El italiano había dicho en abril: “Tiene dos meses para demostrar que tiene la calidad”. Neymar se puso las pilas. Últimos 13 partidos con el Santos: seis goles, dos asistencias. Ancelotti cedió. El pueblo brasileño, cuando escuchó el nombre, explotó en el Museo del Mañana.
El técnico, irónico, agradeció los consejos de “multitud de expertos, periodistas, opinadores y también cantantes”. Dijo: “No va a ser perfecta, pero tendrá los menos errores posibles”. Neymar, en su casa, vio la convocatoria. Se tapó la cara, contuvo las lágrimas, abrazó a su esposa, a su madre, a sus amigos. Repetía: “Lo conseguimos, lo conseguimos”.
Ahora yo presento la mía. Una selección mixta. La lista que duele. La que no negocia. La que alinea a los que escriben con el cuerpo, con la sangre, con la memoria de una colonia que nunca terminó de independizarse del todo.
Los titulares (once que saltan al campo)
Arquero: Machado de Assis (1839-1908). El último en llegar terminó siendo el más grande. No era blanco. No era rico. No era europeo. Era mulato, pobre, hijo de una lavandera. La élite literaria de Río de Janeiro no confiaba en él. Le costó entrar. Le costó ser reconocido. Cuando fundaron la Academia Brasileña de Letras, lo pusieron de presidente. El mulato sentado en el trono que los blancos creían suyo. Como Neymar. Como el 10 que vuelve a casa para su último baile.
Defensa central: Rubem Fonseca (1925-2020). Fue policía. Fue comisario. Vio la cara del crimen desde adentro. No desde la teoría. Desde las esposas. El cobrador, Feliz año nuevo (prohibido por la dictadura), Agosto. Su literatura huele a calle, a comisaría, a sangre seca en el asfalto carioca. No es elegante. No es vistoso. Pero cuando hay que meter la cabeza donde otros no se atreven, él está ahí. Casi siempre sangra.
Defensa central: Clarice Lispector (1920-1977). La hora de la estrella. No se deja pasar. Nadie la gambetea. Su escritura es íntima, filosófica, punzante. Juega de primera, pero también de última. Porque ella sabe que el gol está en el silencio, no en el grito.
Defensa central: Jorge Amado (1912-2001). Capitanes de la arena, Doña Flor y sus dos maridos. El que conoce la cancha popular. El que sabe que el fútbol también se juega en la calle, en el barro, en la sudoración de los que no tienen nombre. No le teme al contacto. Él es el contacto.
Lateral derecho: João Cabral de Melo Neto (1920-1999). Muerte y vida severina. Poeta de la precisión. El lateral que nunca pierde la posición, que sube con criterio, que no da un pase al vacío. Cada palabra es una pared. Cada verso es un desmarque.
Lateral izquierdo: Adélia Prado (1935-). Bagagem. La poeta de Minas Gerais. La que juega con la cadera, la que desborda por la izquierda con poesía y ternura. No corre. Flota. Cuando se planta en el área, el gol es cuestión de tiempo.
Mediocentro defensivo: Carlos Drummond de Andrade (1902-1987). Sentimiento del mundo. El 5 clásico. El que pone pausa. El que sabe cuándo acelerar. El “ahora, José” del fútbol literario. Si el partido se desordena, él lo ordena. No con gritos. Con versos.
Mediocentro ofensivo: Graciliano Ramos (1892-1953). Vidas secas. El seco. El duro. El que no regala una palabra. Pases quirúrgicos. No sonríe. No celebra. Solo trabaja. Porque él sabe que el fútbol, como el sertón, no perdona.
Extremo derecho: Mário de Andrade (1893-1945). Macunaíma. El enganche. El que inventa la jugada. El que no se sabe si es héroe o malandro. El corazón del Modernismo brasileño. Cuando agarra la pelota, nadie sabe qué va a hacer. Ni él.
Extremo izquierdo: Cecília Meireles (1901-1964). Romanceiro da Inconfidência. La punta izquierda que entra por el medio. Poesía lírica, musical, imparable. No la ves venir. Ya está adentro.
Delantero centro: Paulo Coelho (1947-). El Alquimista. El Cristiano Ronaldo de los best sellers. 30 millones de copias vendidas. Los intelectuales lo desprecian. El pueblo lo lee. Como Romário: no corre, no marca, no defiende. Pero la pelota siempre le llega. Y él no falla. Sabe que el gol es negocio.
La banca (refuerzos de lujo que entran en el segundo tiempo)
Carolina Maria de Jesus, Conceição Evaristo, Luiz Gama, Lima Barreto, Ana Paula Maia, Carla Madeira, Silviano Santiago, Natalia Timerman, Jeferson Tenório, Noemi Jaffe.
El director técnico (el Carletto de las letras)
Stefan Zweig (1881-1942). No nació en Brasil. Nació en Viena. Era judío, austríaco. Cuando el nazismo le cerró todas las puertas, encontró en Brasil un país que le abrió los brazos. Escribió Brasil, un país del futuro. No era un análisis sociológico. Era un acto de fe. Como Ancelotti. El extranjero que viene a dirigir a los nuestros.
El cierre
Sé que muchos no estarán de acuerdo con esta selección. Pero poco importa. Como decía J. B. Priestly: “Pagar para ver a 22 mercenarios dar patadas a un balón es como decir que un violín es madera y tripa, y Hamlet, papel y tinta”.
Yo no estoy de acuerdo. El violín suena. Hamlet sangra. Y esta selección literaria, con sus contradicciones, con sus blancos y sus negros, con su técnico extranjero y su arquero mulato, es Brasil. El país del futuro. El país que nunca termina de llegar.
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