Por Christian Edwards, CNN
Cuando el vicepresidente J.D. Vance acercó el teléfono al micrófono, pareció por un instante que su jefe no contestaría. Pero al segundo intento, y tras unos cuantos timbres, logró comunicarse con Donald Trump.
En defensa del presidente, cabe decir que tenía muchas cosas en la cabeza, ya que horas antes había amenazado con destruir “toda una civilización” en Irán.
Esa crisis parecía estar a años luz del MTK Sportpark de Budapest, donde miles de húngaros se habían reunido para celebrar el “Día de la Amistad Húngaro-Estadounidense”.
Presentado como una celebración de la amistad entre las dos naciones, el día en realidad giró en torno a la amistad entre Trump y Victor Orbán, el primer ministro populista de Hungría, un ídolo del movimiento MAGA que va por detrás en las encuestas de cara a las elecciones parlamentarias de este fin de semana.
“Soy un gran admirador de Viktor. Lo apoyo incondicionalmente. Estados Unidos lo apoya incondicionalmente”, declaró Trump a la multitud. Vance afirmó estar en Budapest para ayudar a Orbán “en todo lo que pueda”.
En una visita a Budapest en febrero, el secretario de Estado Marco Rubio recalcó que “el éxito de Hungría es nuestro éxito”.
A primera vista, no queda claro por qué el “éxito” de la Hungría de Orbán —considerada la más corrupta, la menos libre y una de las más pobres de la Unión Europea— debería tener alguna relación con el “éxito” de Estados Unidos.
Pero para Ivan Krastev, politólogo búlgaro que conoce a Orbán desde la década de 1990, la situación no es tan extraña.
Durante sus 16 años en el cargo, Orbán ha convertido a Hungría en el centro intelectual, institucional y financiero de la derecha europea, afirmó Krastev.
La administración Trump considera a Orbán y la infraestructura ideológica que ha construido fundamentales para su estrategia de crear una Europa más afín, es decir, contraria a la ideología woke, a los ecologistas y a la inmigración.
“Esta administración estadounidense cree que hay una revolución trumpiana, que esta revolución trumpiana está llegando a Europa y que Europa está tan solo un ciclo electoral por detrás de Estados Unidos”, declaró a CNN Krastev, presidente del Centro de Estrategias Liberales en Sofía, Bulgaria.
Las elecciones del domingo pondrán a prueba esa creencia.
El partido opositor Tisza, liderado por Péter Magyar, ha mantenido una ventaja de dos dígitos sobre el partido Fidesz de Orbán en la mayoría de las encuestas durante más de un año.
Magyar, un leal a Orbán convertido en su adversario, se ha mantenido al margen del terreno predilecto del primer ministro, la política exterior, y se ha centrado en cambio en cuestiones cotidianas como la corrupción, la sanidad y la economía familiar.
Para los húngaros, las elecciones podrían ofrecer la oportunidad de vislumbrar un futuro sin Orbán.
Pero sus efectos podrían sentirse mucho más lejos. “Si Orbán pierde —el hombre que simboliza la fuerza de la extrema derecha—, esto tendrá un impacto psicológico tremendo”, afirmó Krastev.
Los politólogos han tenido dificultades para definir el “modelo” que ha construido Orbán. Algunos lo denominan un “régimen híbrido”: ni una autocracia, ni una democracia plena.
Otros optan por el término “autoritarismo competitivo”, ya que el Gobierno, si bien es algo autoritario, se enfrenta a elecciones competitivas.
O, en palabras del propio Orbán, Hungría es una “democracia iliberal”: un sistema donde todos tienen derecho a voto, pero donde hay menos tolerancia hacia las opiniones disidentes.
Péter Krekó, politólogo que dirige un centro de estudios en Budapest, prefiere el término “autocracia informativa”. A diferencia de las autocracias del siglo XX, en la Hungría de Orbán prácticamente no existe amenaza de violencia física, afirmó. En cambio, el daño se produce en el ámbito de las palabras y las ideas.
“Si criticas el sistema, no te censuran, reprimen ni silencian de inmediato”, declaró Krekó a CNN. “Más bien, recurren a campañas de desprestigio y desinformación. Aniquilan tu reputación”.
Para que el sistema funcione, necesita un suministro constante de enemigos, afirmó István Hegedűs, quien trabajó junto a Orbán en el primer parlamento húngaro elegido libremente en 1990.
Aunque Orbán ha recorrido un largo camino desde sus inicios como liberal anticomunista, “su forma de pensar siempre fue en blanco y negro, amigos y enemigos, nosotros y ellos, como lo es ahora”, declaró Hegedűs a CNN.
En más de 16 años, el orbánismo ha encontrado suficientes enemigos para mantenerse en el poder.
“El sistema empezó a comportarse de una manera mucho más dura y brutal con sus campañas contra las ONG”, indicó Hegedűs. Luego vino la “campaña contra los filósofos liberales, después contra los medios de comunicación libres, los periodistas” y la Universidad Centroeuropea (CEU).
Considerada en su momento una de las universidades de artes liberales mejor financiadas del mundo postsoviético, Orbán se enfrentó a ella al tachar a su financiador, George Soros, el filántropo liberal, de enemigo de Hungría.
Ante la implacable presión del Gobierno de Orbán, la universidad trasladó sus actividades académicas a Viena, Austria, en 2018.
Hoy en día, la CEU mantiene una presencia casi fantasmal en Budapest. Su campus sigue en pie, y los investigadores —entre ellos Krekó— aún lo utilizan como espacio de oficinas.
Así como no hay necesidad de violencia física contra la población, tampoco la hubo de cerrar el campus; la presión constante bastó para que Orbán se saliera con la suya.
Tras la desaparición de la CEU, otra institución educativa ocupó su lugar como principal centro de enseñanza superior de Budapest.
El Mathias Corvinus Collegium (MCC), financiado en los últimos años por una generosa subvención gubernamental que consistía en una participación del 10 % en la mayor compañía petrolera y gasística de Hungría, funciona ahora como una especie de centro de formación para conservadores nacionalistas de toda Europa.
Vance visitó el MCC el miércoles por la mañana. Si bien el público en el MTK Sportpark ya no estaba en su mejor momento (unos pocos sombreros de MAGA, superados en número por cabezas canosas y calvas), la audiencia en el MCC estaba compuesta principalmente por hombres de veintitantos años, con el pelo engominado hacia atrás y trajes ajustados.
“El MCC no es solo una institución. Es una misión”, declaró Balázs Orbán, director político del primer ministro (sin parentesco), al presentar al vicepresidente.
Antes de que Vance hablara, el público escuchó a un panel que incluía a Gladden Pappin, asesor del primer ministro nacido en Estados Unidos y graduado de Harvard, quien, según se informa, predijo que Trump disolvería el Congreso, allanando el camino para que el papa ungiera a Melania Trump como reina de Estados Unidos.
El discurso de Vance ante el MCC no era tan descabellado. “Resistan la tentación de pensar que la victoria es inmediata, o que vamos a recuperar nuestra civilización mediante la gratificación instantánea”, les dijo a la que podría ser la próxima generación de defensores de la cultura. “Nuestra civilización no se construyó de la noche a la mañana. No se salvará de la noche a la mañana”.
El MCC es solo una pieza de la infraestructura ideológica de Orbán. Existen centros de estudios conservadores con gran financiación, como el Instituto del Danubio y el Instituto Húngaro de Asuntos Internacionales.
Hay publicaciones de gran prestigio, como The European Conservative, y sitios web como Remix News, que detalla supuestos delitos cometidos por inmigrantes en Europa.
Es a través de esta arquitectura de poder blando, según Krastev, que Orbán se ha convertido para la extrema derecha occidental en lo que Fidel Castro fue para la izquierda en la década de 1970.
Pasaron algunos años, pero Estados Unidos empezó a darse cuenta. Steve Bannon, el artífice de la primera campaña presidencial de Trump, fue uno de los primeros en apoyarlo. En 2018, desde Hungría, Bannon se refirió a Orbán como “el Trump anterior a Trump”.
En pocos años, la Conferencia de Acción Política Conservadora, durante mucho tiempo un pilar de la derecha estadounidense, estableció una presencia recurrente en Hungría.
Mientras aún trabajaba en Fox News, Tucker Carlson transmitió su popular programa de horario estelar desde Hungría y entrevistó a Orbán.
Kevin Roberts, presidente de la Fundación Heritage —el grupo de expertos conservador estadounidense que elaboró el Proyecto 2025—, ha descrito a Hungría “no solo como un modelo de gobernanza moderna, sino como el modelo por excelencia”.
Tras haber establecido Budapest como la sede europea de MAGA, Orbán ha comenzado a cosechar los frutos de esta relación.
Orbán entró en pánico el otoño pasado después de que la administración Trump anunciara sanciones a la compra de petróleo ruso. Dado a que Hungría depende casi por completo de las importaciones de energía de Rusia, Orbán había advertido que tales medidas pondrían a la economía húngara “de rodillas”.
Afortunadamente para el primer ministro, Trump concedió a Hungría una exención de un año de las sanciones estadounidenses, a pesar de que llevaba tiempo criticando a los países de la UE por seguir comprando petróleo ruso, que, según él, alimenta la maquinaria bélica del Kremlin y prolonga la guerra en Ucrania.
El martes, Vance incluso elogió la política energética de Orbán, afirmando que el resto de Europa “debería haber seguido” su ejemplo.
Aún no está claro si la visita de Vance beneficiará o perjudicará al partido Fidesz de Orbán en las elecciones parlamentarias del domingo.
El líder ha denunciado la supuesta injerencia extranjera en las elecciones húngaras, pero se mostró dispuesto a aceptar el apoyo de sus aliados en Washington.
Vance instó a la multitud en el MTK Sportpark a “ir a las urnas” y “apoyar a Viktor Orbán, porque él los apoya”.
En una escueta declaración sobre la visita de Vance, Magyar, líder del partido opositor Tisza, dijo: “Ningún país extranjero puede interferir en las elecciones húngaras… La historia de Hungría no se escribe en Washington, Moscú o Bruselas, sino en las calles y plazas de Hungría”.
Según Krastev, resulta llamativo que, tras gobernar durante tanto tiempo como un “nacionalista”, Orbán esté pidiendo apoyo internacional para reforzar su campaña. “La ironía es que, si va a perder, perderá como un globalista”, afirmó.
Si Orbán pierde, la arquitectura ideológica que ha construido no se derrumbará. Los intelectuales de derecha seguirán teniendo cabida en Budapest, las publicaciones conservadoras continuarán imprimiéndose y el MCC no cerrará sus puertas. Aunque, tal vez con el tiempo, al igual que la CEU, su presencia en la ciudad se vuelva más tenue.
Pero una derrota de Orbán minaría la confianza de los movimientos nacionalistas europeos que él —y más recientemente la administración Trump— están tratando de internacionalizar.
Mientras tanto, para los rusos y los estadounidenses, que se encuentran apoyando al mismo candidato, la derrota de Orbán “no sería solo una derrota, sería una humillación”, señaló Krastev.
“Tenemos a estas dos superpotencias que pretenden dividir Europa. De repente, su candidato pierde después de que ellos hayan hecho todo lo posible para que ganara. Esto va a fortalecer enormemente el sentimiento de resiliencia europea”, estimó.
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Con información de Steve Contorno, de CNN.
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