De presidente a acusado: así fue presenciar el primer día de Nicolás Maduro en una corte de EE.UU. ...Middle East

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Por Maria Santana, CNN en Español

La sala del tribunal se sentía inusualmente silenciosa cuando él entró. Se percibía un ambiente contenido, el que se siente cuando todos saben que están viendo algo fuera de lo normal, un momento que no pasa todos los días. Y no era para menos: lo que se estaba desarrollando era la comparecencia de Nicolás Maduro ante un juez en Estados Unidos.

Tan solo 48 horas antes, Maduro era el presidente de Venezuela. Ahora caminaba hacia la mesa de la defensa en una corte federal de Manhattan, escoltado por alguaciles, esposado y con ropa de prisión.

Avanzaba despacio, con dificultad. Al cruzar la sala, se notaba que cojeaba. Era una señal visible del trayecto que había empezado horas antes en Caracas y terminaba allí, ante la mirada incrédula de los asistentes a la audiencia.

En la madrugada del 3 de enero, fuerzas élite del Ejército estadounidense capturaron a Maduro y a su esposa, Cilia Flores, y los trasladaron a Estados Unidos para enfrentar cargos por narcotráfico y armas, que ambos rechazan.

Todo pasó demasiado rápido. Venezuela, Estados Unidos y el mundo entero estaba conmocionado. Apenas dos días después, yo estaba en esa sala, observando la inédita escena. Miré a mi alrededor y vi en varios colegas la misma expresión: ojos bien abiertos, incredulidad. Esa sensación casi automática de darse cuenta de que la situación estaba avanzando más rápido de lo que cualquiera podía asimilar. Era difícil terminar de comprender quién estaba frente a nosotros y lo abrupta que había sido su caída.

Hasta ese momento, Maduro había sido para mí alguien lejano. Desde Nueva York, era una acusación en el Distrito Sur, una orden de captura pendiente desde hacía años por narcoterrorismo. También era el nombre que aparecía, una y otra vez, en las historias de venezolanos que conocí en la ciudad, personas que habían tenido que huir de su país. Para ellos, su nombre está ligado a pérdidas concretas: casas, familias, un futuro que ya no veían posible. Yo conocía su historial y su peso en la región, pero siempre a través del reporteo, nunca en persona.

Y, sin embargo, ahí estaba. Como cualquier otro acusado, a punto de ser presentado ante un juez federal. Un trámite rutinario, casi mecánico, pero profundamente nivelador. Algo que he visto muchas veces.

He pasado años cubriendo tribunales federales. He visto a capos del narcotráfico que movían miles de millones de dólares llegar esposados, reducidos al sonido metálico de las cadenas sobre el piso. Me senté a pocos metros de Joaquín “El Chapo” Guzmán durante su juicio en Nueva York y vi a un hombre muy distinto del mito: disminuido, incluso por momentos sorprendentemente amable.

También he visto a figuras como el exjefe de seguridad de México, Genaro García Luna, o el expresidente de Honduras Juan Orlando Hernández enfrentarse, en tiempo real, a la pérdida de poder que implica someterse al sistema judicial estadounidense.

Aun así, nada me preparó para lo que vino después.

Maduro no se mostró nervioso ni desorientado. Al contrario. Se levantó con firmeza y habló con determinación. A través de un intérprete, se dirigió al juez con el tono de un presidente, con el ritmo de alguien acostumbrado a discursos televisados y audiencias nacionales, no a un proceso judicial.

Cuando el juez Alvin Hellerstein le pidió que se identificara, Maduro respondió que era Nicolás Maduro Moros, el presidente legítimo de Venezuela. Dijo que había sido secuestrado, sacado a la fuerza de su casa por militares estadounidenses y se declaró prisionero de guerra.

Sus palabras impactaron, no porque convencieran, sino por el lugar donde se estaban diciendo. Esto no era un mitin. No era la televisión estatal, donde por años dio sus largos discursos. Era una corte federal, con luces frías, alguaciles observando desde las paredes y un juez de 92 años recordándole con calma que ese no era el espacio para discursos políticos.

He escuchado a acusados proclamar su inocencia miles de veces. He oído declaraciones dramáticas de todo tipo. Pero escuchar a alguien que había gobernado un país días antes describir su captura en términos de guerra, mientras vestía uniforme de prisión frente a un juez estadounidense, fue como ver dos mundos que no encajaban chocar de frente.

Era la imagen clara de un presidente derrocado aferrándose a su relato frente a un sistema legal que no se movía ni un centímetro. A diferencia del respeto —o la obediencia— que exigía en Venezuela, Maduro parecía no haber entendido aún que en esa sala los títulos no significan nada. Ahí, el proceso no se adapta al poder. Sigue adelante.

Sus palabras provocaron murmullos y suspiros entre el público y los periodistas, muchos ya pensando en titulares y análisis. Pero en el estrado, nada cambió. La corte siguió como siempre.

Cuando terminó la audiencia, los alguaciles se acercaron y lo escoltaron hacia afuera. La sala empezó a vaciarse. Las libretas se cerraron. Las conversaciones volvieron en voz baja.

Mientras todo regresaba a la rutina, pensé en algo que he aprendido tras años cubriendo casos así: el poder es terco. A veces se queda en la postura, en el tono, en la forma de hablar, incluso cuando ya no tiene efecto real.

Pero también he visto cómo ese poder se va desgastando en un sistema donde el proceso pesa más que el rango o la retórica. La justicia federal reduce a presidentes y figuras influyentes igual que a capos y jefes criminales: con rutina, repetición y tiempo. Y cualquier poder que un hombre como Maduro haya tenido fuera de esas paredes se va apagando, paso a paso, hasta que solo queda un acusado respondiendo ante el proceso, como todos los demás.

Su nombre, Nicolás Maduro Moros, dejó de estar precedido por “presidente de Venezuela” y pasó a figurar junto a un número de expediente.

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